Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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EL GATITO NEGRO




"Bastet... está ahí para guardarte hasta que la tierra te ilumine y desciendas al infierno"
(Texto en un sarcófago egipcio trascrito por Pierre Lacau)


Ya sé que nadie va a creer una historia contada por alguien que ya está muerto. Ni siquiera yo mismo podría imaginarme una muerte tan consciente, donde los sentidos se me han abierto como una llaga en la que derraman vinagre. Ese que oyen aullar soy yo. Pero empezaré por el principio, siquiera sea para recordarme en una condición tan alejada de la que ahora me encuentro.

Dos semanas atrás había empezado unas obras en mi casa, en realidad un par de habitaciones en la planta baja de una casona que algunos siglos atrás fue un edificio noble. De aquel pasado esplendor sólo quedaba en pie, en la fachada, un escudo de piedra ostionera roída por la humedad y los excrementos de las palomas, con un gigante que separa dos montañas y cabalga sobre dos serpientes marinas que alguna vez tuvieron un grosor más considerable que el de las grietas que amenazaban tumbar todo el edificio. Para que no me fijara en ellas, quizás, el miserable corredor de pisos que me trajo hasta aquí, me contó que el gigante del escudo era Melkart, el dios del Gadir que fundaron los fenicios y que aquella casa, durante muchas generaciones, había sido el centro de negocios de los Hiram, una familia noble que se había enriquecido con la exclusiva del comercio entre América y el Líbano. Así me ofreció un piso en esta Casa de los libaneses. Con los años, la casona se había ido dividiendo en multitud de apartamentos sin condiciones, cada vez más pequeños, como celdas de un nido de avispas. Allí terminamos juntándonos diferentes versiones de lo que muchos llaman mala suerte en la vida: yonquis taciturnos, viejos enfermos que hacía años que no podían bajar ya las escaleras, desempleados eternos, perdedores que sólo se dedican a ver la televisión cuando no trabajan, o yo mismo, cumpliendo una orden de alejamiento por amenazar de muerte a mi mujer. Esa clase de vecindario. Las obras eran para dotar a mis dos habitaciones de un pequeño retrete individual, verdadero lujo en aquellas condiciones inmundas. Yo mismo iba a conectar el desagüe al colector subterráneo, para lo que necesitaba abrir una zanja en el suelo, del grosor del tubo. Todo fue bien hasta que el pico tropezó con algo más duro que el mortero de debajo de las baldosas. Con la mano, limpié el polvillo y noté una superficie pulimentada, yo diría mármol muy viejo, en la que se distinguía el relieve de algo que bien podían ser unos signos. Ensanché la zanja y la limpié de escombros para poder ver ya unos pequeños dibujos infantiles de una cabeza de buey, un cuadrado, un hombre con las manos levantadas, un ojo y, algo más preciso, como tallado por otras manos, una mujer hermosa con cabeza de gato. La superficie lisa parecía continuar bajo mi suelo, así que levanté las losetas de esa habitación codiciando encontrar alguna especie de tesoro antiguo. El mármol, un cuadrado del tamaño de una tapa de alcantarilla, sólo estaba en donde había empezado a trabajar. Al golpearlo, sonaba a hueco. Y, entonces, de alguna forma, supe que aquello era una puerta a alguna parte. Y la rompí.

Con los golpes, los trozos de piedra desaparecían en lo que hubiera bajo el suelo, confirmando el vacío. Introduje primero el brazo, a ciegas, tanteando el hueco. Luego, el mismo brazo portando una linterna que no iluminó nada especial. Y ya me atreví a meter la cabeza dentro del boquete para sentir, antes de ver nada, un aire estancado pero respirable, dulzón, como cuando abres un tarro de almendras. El haz iluminó una habitación vacía, tan grande quizás como en la que me encontraba. Sólo que, aquella de abajo, parecía abrir otros huecos en cada una de sus paredes. Desde allí no podría ver más. Decidí bajar. Ya había oído que buena parte del subsuelo de la ciudad estaba atravesado por unas galerías como las que perforan las minas, a las que llaman Cuevas de María Moco, y que, de vez en cuando, se descubrían entradas nuevas, tramos que nadie había explorado y, en ellos, ánforas, monedas, objetos valiosos que acababan expuestos en el Museo Provincial. Yo no iba a ser tan tonto. Lo que fuera a encontrar pertenecía a mi casa.

Ya dentro, no me percaté de la ausencia de telarañas, ni de insectos que se hubieran multiplicado en aquella plácida oscuridad. Y si entonces hubiera sabido lo que ahora sé, tampoco me hubiera alegrado tanto por no encontrar ni una sola rata en mi exploración. Sólo el polvo, muy fino, ceniciento, pegajoso, parecía distinguir aquellos pasadizos de los corredores de una casa común; sólo el sabor desagradablemente podrido de ese mismo polvo, instalado ya para siempre en la garganta, podía hacer distinta aquella búsqueda de la que cualquier oficinista debe hacer en los sótanos donde se archivan los legajos más viejos. Todas las paredes estaban desnudas. Ningún objeto encontré en ellas, tampoco. Ya habría dejado atrás cuatro o cinco habitaciones como la primera, siempre andando al frente, sin desviarme nunca para no perderme, cuando escuché un sonido muy apagado, allí mismo, a sólo unos pasos delante mía. Presté atención, y el ronroneo pasó a maullido cuando un precioso gatito negro abisinio quedó iluminado por mi linterna. Me llamaba a su lado. Créanme, sé de lo que hablo. Una vez tuve uno de esos gatos siameses, no era más que una cría de pocas semanas que mi mujer adoraba, pero que tenía esas pegajosas manifestaciones de cariño de los gatos, y se te enredaba continuamente entre las piernas, o se te subía a los brazos en cuanto te veía sentado, de manera que, o te lo alejabas de un puntapié o era él el que podía tumbarte o dejarte las marcas de sus garritas inexpertas en los brazos. Yo no lo traté nunca con miramientos, pero tampoco con crueldad. Si lo maté fue por accidente. No lo ví arrullado en el suelo y no sé qué me sobresaltó más, si pisar en blando o su maullido de dolor, pero solté por los aires el café hirviendo que llevaba, con tan mala suerte que le cayó encima junto al mismo vaso de cristal, que no se rompió como el gatito. Yo sólo pensaba en mi mala suerte, por eso no entendí que mi mujer me acusara de nada (¿cómo se puede ser culpable de la mala suerte?), ni entendí que llorara tanto por un animal (y no por mí, ni por mi mala suerte), y le dije que se callara, se lo dije malamente (porque yo estaba mal), varias veces se lo dije, y como no me hiciera caso la empujé contra la pared, con fuerza la empujé, y como ella ya se había vuelto contra mí (por un gato, pensé), me enfurecí y empecé a golpearla, ya con el puño cerrado, ciego de rabia, de impotencia, la golpeé mientras le gritaba que mirara más por mí, que yo había tenido muy mala suerte con ella. Pero este gatito no se parecía en nada al otro, aún siendo una cría también. No sé por qué razón encontrármelo allí, en medio de la oscuridad, me había hecho recordar ese episodio antiguo. Yo me había cruzado con decenas de gatos después del incidente, incluso llegué a pensar en comprarle otro a mi mujer unos días más tarde, dispuesto a zanjar el asunto, y nunca, ninguno de aquellos animales me había hecho recordar al del accidente. Tampoco me extrañó encontrar un gato allí: las galerías subterráneas debieron estar, alguna vez, completamente comunicadas. Sólo algunos derrumbes, por obras arriba, las habrían ido aislando unas de otras, pero para un gato debía ser bien fácil encontrar algún resquicio, alguna grieta, para entrar y salir a su gusto de aquellas cuevas. Aún busqué por allí un buen rato, siempre con el gatito siguiéndome de cerca, silencioso. Por miedo a perderme, desistí por esa tarde. Ya volvería con algo para marcar las paredes, para dibujar un plano. Un ovillo de hilo que se fuera desplegando mientras caminase, bromeé. Al gatito lo dejé allá abajo, no lo subí a mi casa. Para mí seguía siendo uno de esos callejeros acostumbrados a sobrevivir en cualquier circunstancia.

A la mañana siguiente continué la exploración. Ahora con una pequeña lámpara de gas butano que alguna vez nos había servido para iluminar fogosas acampadas en la playa. Allí estaba el gatito, donde mismo lo dejé. Esta vez no esperó a seguirme sino que empezó a andar delante mía, sin huir, muy despacio, deliberadamente despacio, como si quisiera que lo siguiese. A mí me pareció una tontería pensar en la guía de un gato, un animal que se movería más por hambre que por comunicarse conmigo, que seguiría un rastro de desperdicios en lugar de un tesoro. Pero me daba igual empezar por cualquiera de los cuatro caminos que me ofrecían los cuatro pasillos que salían de la habitación, y seguí el que había elegido el gatito. Más de media hora más tarde yo ya estaba dispuesto a desistir y abandonar al gato a sus instintos, cuando se detuvo delante de algunos escalones en el suelo, primera irregularidad que había encontrado en el suelo, y empezó a maullar, no con la dulzura de otras veces sino con verdadera desesperación. Un sonido que me llegaba rebotado de todos los lados, como si paredes, techo y suelo hubieran cobrado una vida amenazante y me maullaran poco antes de venírseme todo encima. Di un respingo y la lámpara encendió un ojo gigantesco pintado en la pared. No el inocente ojo que pintaría un niño pequeño, no como el tallado con dos líneas en el mármol que me había abierto este mundo. Aquel era un ojo que parecía estar viéndome de veras, un globo ocular que palpitaba, un ojo vivo con dos únicas pestañas saliendo del párpado inferior como las patas de una mosca que hubiera crecido hasta ese tamaño. Fue sólo un momento. El ojo dejó de mirar, de moverse, y se quedó sólo en el dibujo exagerado de un ojo, como había sido siempre, qué bobada, pensé, por encima del maullido ahora frenado del gatito. Me había traído hasta un verdadero tesoro. Allí, al final de unos escalones cada vez más estrechos, estaba la estatua (¿azabache, quizás?) de una gata negra agachada, con pendientes de oro (porque debía ser oro ese amarillo reluciente) en el hocico y en las orejas puntiagudas, collares azulados (¿zafiros?) en el cuello y en las patas. Al tocarla me volvió el escalofrío, porque el artista se había cuidado de tallar también el pelaje del animal, que a mí me recordó la textura de los bucles rizados de mi esposa. Junto a la estatua había una canasta, un escudo y una sonaja, todos de un material blanco como la plata. El gatito estaba callado, con esa actitud de los animales satisfechos. Ahí mismo decidí quedármelo. Como a un amuleto que te trae la suerte. Y lo llamé Plutón, como al más pequeño y alejado de los planetas.

Cargué con todo y lo escondí en mi casa. En un baúl, envueltas las joyas en los jerseys de invierno. Debía pensar en cómo vender todo aquello. Pero ese era un problema que me plantearía más tarde. Entonces, lo que me urgía era seguir buscando allá abajo, convencido de que lo encontrado era sólo el principio de una vida de fortuna. El gatito no me siguió esta vez. Seguía sin despegarse del baúl de ropa, mi cofre del tesoro. Naturalmente no encontré nada, ni ese día ni los siguientes. Ahora puedo contar esto con la tranquilidad con la que no viví aquellos días, es decir, días de búsqueda avariciosa, con una angustia parecida a la que deben sentir los que se quedan a un palmo de ganar un gran premio y reciben, como compensación, otro menor que les recuerde siempre lo cerca que estuvieron de cambiar de suerte, que con esa misma frustración miraba yo mis joyas, la del que ha recibido un premio insuficiente. Si ahora nada de eso me importa, es porque he llegado a conocer lo que me estaba ocurriendo realmente. Pero es muy fácil decir, en mi condición, que yo debía haber salido corriendo de la casa, y renunciar a lo que ya había encontrado, que fuera para otro la maldición. Lo único nuevo que conseguí fueron las pesadillas. Desde la misma noche del hallazgo.

Yo había cambiado mi sueño apacible por un insomnio intermitente, donde raramente pasaba de un duermevela agotador. Pero peor aún eran las cortas horas del sueño profundo del que despertaba sobresaltado, sudoroso, recordando perfectamente las pesadillas. En una, un gato me lamía los pies, con gran placer los chupaba hasta volverlos negros y gangrenosos, hasta que me quedaba sin ellos, sin sentir dolor en ningún momento. En otra, el ojo encontrado en la pared, de alguna forma podía hablarme, y yo entendía su idioma, y sabía que su nombre es Udjat y que ahora yo debía reconstruir un templo en este estrato de la ciudad para preparar la venida de la Señora. Y, aunque su voz era amable, tenía también la autoridad del que todo lo ve, la misma disposición amenazadora. Y siempre, en cada despertar, peor aún que la pesadilla que acababa de tener, eran los ojos del gatito, siempre despierto, ojos que ardían como si guardaran dentro, cada noche, los rayos solares del día vencido.

A la mañana, todo era más claro y comprensible. Yo podía desayunar y, distraídamente, jugar con los objetos que encontré junto a la estatua de la gata, que seguía escondida dentro del baúl. Bien mirados, ya no me parecían ni tan sorprendentes ni tan valiosos. La plata, o lo que fuera, se había ennegrecido a los pocos días. Y, desprovistos de ese manto, no dejaban de ser una canasta, un escudo y una sonaja viejos, como juguetes rotos y sin sitio en la casa. Yo los cambiaba de orden: ahora, el uno en el centro y las otras a derecha e izquierda; ahora, el escudo, en la izquierda; ahora, mejor no. Y ese juego, que era como la constatación de mi fracaso para encontrar otras piezas del tesoro, los iba despojando de misterio. Ya de noche, ni siquiera los guardaba en el baúl, donde las joyas valiosas.

Una semana más tarde, convencido de que la propia miseria de mi casa era mi mejor escondite, hice lo mismo con la estatua de la gata. La situé sobre el baúl, como en un altar, adornada con todas sus joyas. Y, debajo, en el orden que me hacía parecer la escena más hermosa, coloqué el escudo a la derecha de la gata, la sonaja en el lado de su pata izquierda y, delante suya, la canasta que debía llenar de bienes para mí. Y bebí a su salud. Bebí mucho.

Aquella fue mi última pesadilla. O mejor debiera decir que sigo en ella, si consideramos eso tan cierto de que los muertos no despiertan. Estaba echado en el suelo, de pronto cálido y mullido, la cabeza algo incorporada sobre una superficie blanda que se movía despacio, los brazos y las piernas apoyados sobre algo tubular que dejaba un hormigueo al desplazarse, porque todo el lecho estaba vivo y tenía la forma y la viscosidad de las anacondas, sin que yo tuviera miedo o asco, fascinado ya por la belleza de la Señora: Yo soy Bastet, hija de Ra y Hathor, hermana de Sekhmet, madre de Anubis...Y aquella retahíla tenía el tono de un rezo pero también las artimañas de la seducción. Las piernas largas y tostadas saliendo de la túnica al acercarse, las caderas fuertes, el vientre al descubierto, los pechos enérgicos, y se cubría el brazo derecho con una égida de piel de cabra y en su mano izquierda hacía sonar un sistro en forma de herradura que adormecía todos los sentidos menos el avaricioso del amor, ya rendido, ya en sus manos protectoras. Al tocarme, huyeron las serpientes y, en su lugar, un lecho de momias de gato, que habían ido apareciendo de dentro de una canasta, favorecía un acoplamiento cómodo. Bastet estaba dentro de mí, impetuosa, esa era la sensación, no la de un hombre dentro de una mujer, sino la inversa. Una posesión absoluta que incluía recuerdos y fobias y que marcaba como suya hasta la última célula viva de mi organismo, ahora a su servicio. Bastet me besaba con sus labios de gata, hermosísimas sus orejas puntiagudas, los felinos bucles rizados, los luminosos ojos abisinios. Un beso largo que aspiraron mis restos de alma, que dejaron vacíos de aire mis pulmones. En un instante, que ahora confundo con el despertar de una pesadilla dentro de otra más inverosímil, me vi besando la boca del gatito negro, y sentí que mi aliento pasaba al suyo y, en ese momento, sin dejar de ser yo mismo, yo era también el gatito, y era Bastet, y era el alma de todos los fieles que lo han sido de la diosa gato desde el templo de Bubastis hasta hoy mismo. Y allí, cuando reconocí el cuerpo tumbado en el suelo del infeliz que fui, supe que, para el resto del mundo, ya estaba muerto. Y supe también que nadie repararía en un gatito encargado de una misión tan terrible.

De un salto trepé a la ventana abierta al patio y escapé de la casa. Me sentía elástico y poderoso en mi nuevo cuerpo. En el suelo encontré restos de una madeja de lana, que alguien tiraría de los pisos de arriba. La agarré entre las pezuñas y la mordí para fijarla. Sin soltar el hilo, fui estirando las patitas, una cada vez, para deshacer los nudos. Todo muy lentamente, con una indiferencia calmosa por el paso del tiempo, ahora eterno, repitiendo los movimientos que a cualquiera que pudiera verme, sin duda, le parecerían muy graciosos: un gatito jugando con un montón de lana y no un gatito probando la fuerza de sus patas, entrenando la coordinación de atrapar una presa y no perderla, sincronizando el momento de sacar las garras y que el zarpazo mate. Oí la televisión encendida en el primer piso y, sin prisas, subí las escaleras.

Entré en la casa por un hueco abierto en la pared como respiradero para la cocina, no más grande que un palmo. Nadie me vio arrastrarme bajo las mesas, pasar por detrás de los muebles, esconderme tras la pantalla que, a esa hora, parecía hipnotizar a mi vecino con un programa de confidencias. El hombre ya llevaba dentro varios litros de cerveza y era un espectador pacíficamente agradecido. El resto de la familia gritaba en otra habitación, más al interior de la casa. Con la uña separé en dos el cable que daba corriente al televisor. Después, durante toda una hora quizás, lenta, morosamente, estuve royendo la protección hasta dejar los hilos de cobre al descubierto. Esperé a que mi vecino se levantara a por otra cerveza para, haciendo pinzas con las patitas, aflojar el enchufe lo justo para que la señal se perdiera. En un momento, escalé a lo más alto del mueble bar del salón, desde donde pude ver cómo el hombre volvía, dejaba la botella sobre la mesa, maldecía algo sobre la instalación eléctrica que él mismo había amañado, para tener más potencia que la contratada, para ahorrarse la molestia de los cortes continuos, como me había dicho en una confidencia de vecinos, y se dirigía a arreglar ese televisor que ya estaba dándole tantos problemas. Y, desde allí arriba, vi cómo agarraba el enchufe sin precauciones, y fue justo entonces cuando salté sobre la botella, que cayó al suelo rompiéndose, derramando un charco de cerveza que llegó hasta sus zapatos al mismo tiempo que el calambrazo, y vi cómo se quedaba pegado a los cables pelados, con las convulsiones de un electrocutado, muriéndose sin rechistar, sin enterarse nadie, como había vivido.

Me fijé en un cigarro a medio consumir sobre el cenicero. Y lo volqué sobre el sofá, que empezó a humear al poco rato. Y del humo se pasó a una llamita leve que fue creciendo por el respaldo, por los reposabrazos cubiertos de pañitos de croché. Y el mismo calor ya de toda la habitación encendió otra llama en la lámpara, en la mesa comedor, en las tapicerías de las sillas. Como las luminarias de aceite encendidas en honor a Bastet, a quien damos las gracias por su protección. Líbranos, Señora, de los roedores, de la enfermedad, de la miseria por la destrucción de las cosechas. Y encendamos hogueras en tu honor. Festejemos la belleza y el placer, Señora de la fertilidad. Yo soy Bastet, a quien agradan estas muestras de devoción. Y os mando: creced y multiplicaos. Bendito sea el fruto de mi vientre. Yo soy el que fui, yo soy Bastet, yo soy el gatito negro que ha de cumplir tu mandato, Señora, y vengar el robo del animal sagrado. Perseguir hasta la muerte a los fenicios que robaron unos gatos salvajes del viejo Egipto para domesticarlos en su provecho, y los distribuyeron por el Mediterráneo haciéndoles perder su santidad. Mío sea tu brazo inmisericorde. Que por mí venga la muerte para todos los hijos de aquellos fenicios que llegaron a Gadir con mis hermanos en la bodega de sus barcos. Se propague este fuego en tu memoria. Y sea de tu deleite estos sacrificios humanos. Entonces, con todas mis fuerzas, salté contra la ventana que daba al exterior, rompiéndola. Y la bocanada de aire que entró por el hueco abierto hizo avivar el fuego como si lo hubieran regado con gasolina.

Volví a entrar en la casa y, ahora rápidamente, subí hasta el último piso, donde viven una pareja de ancianos a los que la enfermedad del azúcar les hizo perder las piernas. Hace años que no han salido de su casa. En su puerta, maullé con toda la fuerza de la fe en Bastet, con el corazón de los fieles de Bastet, con el de mi propio grito desesperado. Un maullido que más parecía el estruendo de la casona al derrumbarse. Abrió el hombre la puerta y sentí su alivio al verme, una tranquilidad que le duró sólo hasta sentir el humo del incendio del primer piso, el calor sofocante de su propia vida en peligro. Él fue quien avisó a los bomberos, que aún llegaron a tiempo de salvarlos. Sólo a ellos, rescatados con angustia desde las alturas, sobrecogidos, temblorosos, desencajados. El yonqui Hiram se salvó porque no estaba en el edificio. Al resto se los tragó las llamas. Mi propio cadáver había desaparecido, sin que el fuego llegara a tocar el altar de la Señora, en otro de sus milagros. Al verlos, ya en la calle, me fui hacia donde estaba el hombre y me puse a rondarlo, dándole vueltas a su silla de ruedas y rozándome mucho sobre su pie desnudo, con ese ronroneo de animal cariñoso, necesitado de dueño. Para el viejo yo les había salvado la vida, sin mi aviso no estarían allí, como le dijo a su mujer, que me miró con simpatía cuando yo salté sin dañarla hasta su regazo y me dormí como un peluche al que ella acariciaba el lomo. Cuando desperté habían decidido adoptarme. Lo habían perdido todo en el incendio. Los dos miraban con desolación hacia la casa quemada, ahora que se habían librado de su cárcel para estar aún peor, sin nada, en manos de la misericordia de los extraños. Solos y viejos. Así los trató el funcionario de servicios sociales al que le habían encargado buscarles una solución provisional hasta poder ingresarlos en algún geriátrico. Él nos llevó a una pensión cercana, cuya dueña no se opuso a que los pobres viejos vinieran con su gato, porque ella misma era una gran amante de los animales aunque por seguridad prefiriese tener un perro que, por eso mismo, había escogido agresivo con los desconocidos, razón por la que aconsejaba siempre a sus clientes no salir de los cuartos de noche, que es cuando lo dejaba suelto de vigilancia, que aunque se estuvieran orinando mejor aguantar hasta el día siguiente que tener un disgusto con el perro, pero que todo eso no iba con ellos, que ya ella se hacía cargo de la desgracia que tenían encima, con lo de los carritos, como para estar de juerga por las noches. La habitación que nos dieron estaba sucia y con la cama deshecha. Pero a nadie parecía importarle. A ratos, ella se abstraía rascándome la cabeza; a ratos, él me hablaba largamente, como hacía mucho tiempo que no hacía con nadie.

Yo tenía una misión pero también soy la diosa Bastet. Y es privilegio de los dioses la clemencia y la arbitrariedad. No estaría lejana la cita que la muerte tendría con aquellos dos infelices, pero no la traería yo. Me habían complacido sus atenciones con uno de mis hijos, la esperanza puesta en mi compañía. Y como a fieles les traté. Que siguieran vivos le daba un sentido al instinto que me movió a salvarlos del incendio, porque no es la premonición uno de mis poderes pero sí el sentido del orden con el que se organizan nuestras actuaciones. Salí al pasillo, me encaramé a una repisa y allí esperé al perro.

Cuando lo vi, salté sobre su testa poderosa y le rasgué los ojos. El animal, ciego, aullaba de sufrimiento sin perder la fiereza, arremetía contra los muebles, se golpeaba con enemigos ficticios, embestía a las sombras. Esa ruidosa batalla alertó a la dueña de la pensión, que salió blandiendo una escopeta. En su nerviosismo no reparó en mí que, de un salto, subí a su pierna y con el limpio estilete de la uña desplegada le corté la femoral a la altura de la ingle. Un caño de roja sangre salió con fuerza de la arteria, como quien revienta una tubería. Ella intentaba taponarse la herida pero sin habilidad, vencida por el susto. La sangre salpicó al perro ciego, enfurecido, que ya no reconocía a nadie y, ahora sí, se lanzó sobre una presa consistente, humana. La mujer cayó hacia atrás, con el animal cebándose en sus pechos, arrancando pedazos de carne con cada mordisco, enloquecido en un festín tan sanguinario. Ella pudo disparar un par de veces antes de darse por vencida, de saber acabada su vida. Ninguno de los cartuchos hirió al animal, que aún siguió largo tiempo desgarrando jirones del cadáver, ensañándose en el cuerpo del enemigo derrotado, ante el pánico de los huéspedes que apenas se asomaban a las puertas de sus habitaciones, que no se atrevieron a huir de aquel espanto hasta que no llegó la policía, muchas horas después, alertada por los vecinos de otras casas. Naturalmente, todo el mundo creyó que había sido un accidente.

La noche, afuera, era fresca y apacible. Debía lavarme la sangre. Me senté sobre la acera, las dos patas delanteras muy abiertas para mantener el equilibrio. Con la lengua rasposa limpié las almohadillas de las plantas de polvo y tierra, saqué las uñas y las examiné con cuidado para retirar los restos de sangre y de tejido adheridos, las afilé en el suelo y las guardé hasta mejor ocasión. Luego, con una pata delantera mojada en saliva, lavé la piel de detrás de las orejas y, empinándome un poco, casi erguido, con una pata trasera por encima de la cabeza para poder llegar a los genitales, terminé la sesión de limpieza. Después me tumbé sobre el lomo, completamente estirado, satisfecho. Parecía una de esas noches con grandes fiestas dedicadas a la Señora: la Procesión de Bastet, la Aparición de Bastet a Ra, Bastet protege las Dos Tierras. Yo debía volver al templo, en la casona. Éste, como el que se levantaba en Bubastis, estaba también en una isla rodeada por dos canales y en medio de la ciudad, a un nivel inferior a ésta. Mis antepasados habían elegido bien el emplazamiento. Ahora yo debía vigilarlo, me decía mi instinto.

Llegué a la casona a tiempo de ver cómo el yonqui Hiram entraba en la que había sido mi casa, seguramente para robar. El incendio había destrozado puertas y ventanas, así que no le fue difícil entrar dentro. No había tratado mucho al joven Hiram, del que sólo sabía que era un descendiente lejano de la familia que hizo famosa esta Casa de los libaneses, eso sí, pobre de solemnidad, y que vivía alquilado en una única habitación sin ventanas que desprendía un olor inmundo, como se le quejaban el resto de vecinos ante su completa indiferencia. Ellas se vengaban de él vaciando bajo su puerta los cubos con el agua sucia de limpiar las escaleras y ellos le recordaban las pasadas riquezas de la familia para reírse de él, convencidos de que una superior justicia divina se había encargado de igualarlos en la miseria, como haría con los otros ricos en la muerte. Valle de lágrimas, de conformismo. El joven Hiram estaba profanando el templo.

Había sido más rápido que yo. Sabía lo que hacía. Fue hacia el altar y no pretendió robar la estatua de la diosa gata, la más valiosa, sino que deshizo el orden de sus poderes: quitó el escudo de la derecha y lo lanzó lejos, detrás suya, con lo que Bastet perdió la égida que la protegía de los ataques de sus enemigos; después, rompió la sonaja, pisándola, y ya Bastet no dispuso del sistro para hipnotizar a los hombres; llenó de agua la canasta, y ya no pudieron acudir los hijos de Bastet en su auxilio, las momias de los gatos a los que aún después de muertos seguía asustando el agua. Y ya sin poderes, pudo tomar la estatua y arrojarla por el hueco que yo mismo había abierto en el suelo, al lugar de donde la saqué para devolverla a nuestro mundo. En ese momento se pudo dedicar a mí. Y me tomó entre sus manos y me tiró igualmente dentro de la cueva. Pude reconocer entonces los tatuajes de los sacerdotes de Melkart en su brazo: una cabeza de buey, un cuadrado, un hombre con las manos levantadas y un ojo. Las mismas señales con las que algún Hiram de siglos atrás había sellado la puerta que debía encerrar a la diosa enemiga. Esa es su misión. Yo no los conocía cuando los vi, ahora sí, ahora mi conocimiento es tan grande como mi eternidad. Yo soy el que fui, yo soy uno y todos los fieles de la Señora, yo soy un gatito negro, yo soy la memoria de Bastet que no puede hacer nada hasta que alguien no vuelva a creer en mí.

Publicado en "Artifex" (Especial Gadir 2004, Bibliopolis, Madrid, 2004)

13:11 | ruiztorres | 11 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: TAMARA LOBOS Fecha: 2006-04-29 20:46

ME ENCANTO LA HISTORIA.
SIEMPRE ME HE IDENTIFICADO CON LOS GATOS Y ME GUSTAN MUCHO NO TANTO POR LA CARIÑOSOS SI NO POR SU INDEPENDENCIA Y SU ELASTICIDAD.
SOY DE SIGNO LEO QUIZAS POR ESO ME ENCANTAN.
Y SOBRE TODO LEER DE EPOCAS ANTIGUAS DODE VEIAN AL GATO COMO UNA DIVINIDAD.



2
De: MICHELLE MADDEN Fecha: 2006-07-01 22:10

me encanta esta diosa, Basted, no solo por su elegancia y sus supuestos poderes, tambien porque tiene como fieles a los gatos, qe esos si qe son los mejores amigoa del hombre, aunque sean muy solitarios e independientes, y solo te hagan caso cuando les apetece, estos magnificos felinos, al ver que tu en algun momento te encuentras mal por lo qe sea, estos, vienen a cuidarte, es.. como si supiesen lo que pasa por tu cabeza. Son magnificos. y la historia egipcia tambien lo es.



3
De: lina avellaneda Fecha: 2007-07-11 20:43

como muchas personas que he conocido me gustan mucho los gatos no porque sean peluditos sino la forma EN QUE ELLOS CREAN SUS PROPIAS LEYES ADEMAS RECORDEMOS QUERIDOS LECTORES QUE LAS HISTORIAS DE LOS PRIMEROS GATOS MAGICOS FUE EN EL ANTIGUO EGIPTO PUES YO SOY DE SIGNO DE ACUARIO PERO ESO NO SIGNIFICA QUE NO ME IDENTIFIQUE CON ELLOS AL CONTRARIO ME PARECEN MUY MARAVILLOSOS ESPERO QUE LES HALLA GUSTADO MI OPINION.



4
De: nathali Fecha: 2007-08-07 01:46

te amo



5
De: nathali Fecha: 2007-08-07 01:46

te amo



6
De: nathali Fecha: 2007-08-07 01:49

para mi amiga



7
De: oscar Fecha: 2007-08-22 01:36

wenas,me gustaria saber algo mas sobre las cuevas,yo de niño entrava en una ke habia por la parte de renfe.me gustaria tener toda la informacion posiblre.un saludo y grasias



8
De: Javier Fecha: 2009-01-02 17:04

Me podrías decir donde están las entradas a esa cueva. Soy de Cádiz y me gustaría verlas



9
De: Javier Fecha: 2009-01-02 17:05

este mi mail: jeiel77@yahoo.es



10
De: Tina Fecha: 2010-05-20 13:29

Hola. Te invito al grupo que hemos creado en facebook sobre los túneles de Cádiz (cuevas de mariamoco) con mucha información sobre ellos.
Enlazaré tu blog con esta preciosa historia que me ha enganchado desde la primera palabra :)
Aquí te paso el enlace del grupo http://www.facebook.com/home.php?#!/group.php?gid=126470017364935&ref=search&sid=100000164528139.2302917181..1

Saludos!!



11
De: Cristina Fecha: 2011-10-22 13:31

Hola Manuel, me gustaría ponerme en contacto con usted para comentarle algo relacionado con la leyenda, de forma privada. Le agradecería me facilitara su e-mail o en tal caso le dejo el mío misteriosdecadiz@hotmail.com
Muchas gracias y un saludo.



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