Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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ENSEÑAR LA CONSTITUCION DE CADIZ



Como muy bien decía este domingo en LA VOZ el profesor Romero Ferrer, habría que empezar por explicar qué se celebra en el 2012, qué supuso la Constitución de 1812 y, sobre todo, qué queda ahora mismo de todo aquel espíritu que revolucionó las relaciones entre el poder y los ciudadanos. Sin esa labor didáctica corremos el peligro de quedarnos sólo en los gestos. O, peor aún, crear demasiadas expectativas que luego no piensa cumplir nadie. Hay una gran posibilidad de que la ciudad recupere, con la celebración, su autoestima. Se recuerde importante. No sólo de boquilla, y sin autocrítica, sino confiando en que puede crecer como ciudad para vivir y trabajar. Naturalmente, quedarse sólo en conseguir esa confianza, sin infraestructuras que modernicen la ciudad, dejarían en nada toda la parafernalia de la celebración. Pero tan importante como las inversiones es conseguir un objetivo de ciudad. Debería servirnos la experiencia de la Expo de Sevilla, con instalaciones en las que se invirtió muchísimo dinero pero que no se sabía qué hacer con ellas al terminar la exposición, con muchas todavía hoy sin un uso claro. Para aclarar un objetivo hay que coordinar iniciativas, poner un poco de orden en esa especie de competición feroz por ver qué institución es más “pepista” (de Pepa) que nadie a la hora de organizar y convocar por su propia cuenta homenajes a esa Constitución de 1812 que puso de acuerdo a realistas, liberales y americanistas en un mismo texto, a pesar de que no satisfacía del todo a ninguno y de estar en plena guerra. Para coordinar iniciativas hay que saber qué se celebra.
Parece de Perogrullo pero algunas iniciativas, de tan entusiastas, han perdido el sentido del ridículo. Celebrar, a estas alturas, sin más, sin espíritu crítico, toda la Constitución del Doce es una barbaridad. Algún exaltado neoliberal ya lo ha hecho: se empiezan con los elogios a esta cuna de la libertad, como se sabe de un liberalismo retrospectivo que arranca de los fenicios, tan liberales ellos a pesar de sus remeros esclavos, y se acaba por dar por bueno todo el texto. Y no todo nos sirve hoy. De ahí la importancia de enseñar el texto y el contexto histórico. Habría que empezar por desenmascarar a tanto profesional de la adulación que vive tan bien del cuento de su “gaditanismo”, ahora constitucional. La enorme aportación de la constitución del Doce está en su declaración de soberanía nacional, en la preeminencia de las Cortes, en la división de poderes, en la enumeración de derechos en su articulado. En la misma libertad de imprenta para crear una opinión pública como control del poder pero también para fomentar la instrucción del pueblo. Todos esos valores que hay que celebrar porque han conseguido hacernos hoy más libres. Pero esa misma Constitución del Doce no concede derechos civiles a las mujeres, declara la religión católica como única y prohíbe la práctica de cualquier otra, o discrimina a los hijos ilegítimos en algún caso de acceso a la condición de ciudadano español. Ciudadanía que se podía perder sólo por residir cinco años en el extranjero sin permiso, o suspender por incapacidad física o moral, o por deudor, o por sirviente doméstico, o por no tener empleo conocido, o por hallarse simplemente procesado, sin esperar a la condena. Una Constitución donde no se elige representante por sufragio directo sino a través de sucesivas elecciones indirectas y que planteaba exigir al diputado una cierta renta procedente de bienes propios. Todas estas barbaridades han sido afortunadamente superadas por la actual Constitución. No creo que nadie sensato quiera celebrar la discriminación, por muy gaditano que sea el texto donde aparece. Hay que diferenciar logros de taras. Organizar actividades que aumenten nuestro conocimiento, como algunas de esta semana. De nada sirve un acto tan vacío y redundante como instalar un pebetero (bautizado ya, con guasa, como “pepetero”) para recordar algo que ya recuerda, con la ilustración que pedía la propia Constitución homenajeada, el monumento a las Cortes, desde 1929, cargado de un simbolismo que ningún folleto turístico explica. Nada le aporta ese mal ejemplo de una llama que derrocha energía. Educa muy poco.

Artículo publicado en "La Voz de Cádiz" el 14 de marzo de 2006

20:02 | ruiztorres | 0 Comentarios | #

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