Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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MAYORES

Alrededor del Día Internacional del Mayor, este pasado primero de octubre, se han venido organizando distintas actividades, recreativas o culturales, dirigidas de forma casi exclusiva a los mayores. Fuera de la noticia en sí, tampoco se ha aprovechado este año para provocar un debate público profundo sobre la situación real de los mayores, a pesar de ser la principal ocupación y preocupación de cada vez más hogares. Cuando Bismarck fijó, a finales del siglo XIX, la edad de jubilación a los 65 años, la esperanza de vida era de sólo 45 años. Hoy, con una esperanza de vida media en España de 82 años, un recién jubilado se encuentra con fuerzas para viajar, iniciar nuevos proyectos, seguir siendo útil a la sociedad muchos años. A la Tercera edad le sucede ahora una Cuarta, y se dice que pronto hablaremos de una Quinta. Es un error meter en el mismo saco situaciones muy diferentes, ni siempre problemáticas ni siempre idílicas; como creo que es un error aislar a esa parte de la población, cada vez más numerosa.
Esa fuerza demográfica se convertirá en fuerza electoral muy pronto. En una ciudad como Cádiz, con una población menor de 20 años de sólo el 20 %, tendrán cada vez más peso decisorio en próximas elecciones. De ahí el interés legítimo de dedicarle una atención preferente. Pero esa atención puede seguir la vía tradicional de la especialización en mayores (concejalías o consejerías específicas, consejos del mayor, locales propios, actividades sólo para mayores) o buscar la integración en el resto de la sociedad, con políticas transversales que obliguen a toda la institución y que busquen soluciones de integración. Estoy seguro que la principal preocupación de las personas mayores de Cádiz es que haya empleo para que no se marchen sus hijos, y que ellos son los primeros en no querer ver la ciudad convertida en un enorme geriátrico. Especialmente la dependencia, el principal problema a remediar, y lo que diferencia las expectativas de unos y otros, hay que entenderla como un problema de toda la sociedad, no sólo algo exclusivo de los mayores.
Parece claro que los no dependientes se están integrando en la vida activa de la sociedad: aumentan cada año las matrículas de mayores en la universidad, son ya la presencia más notable de los actos culturales, o crece un voluntariado altruista, muchas veces relacionado con su antigua profesión, de acuerdo con eso que viene llamándose “envejecimiento productivo o activo”. Conseguirán fórmulas para seguir participando, si así lo desean, en la vida laboral. Son, además, un mercado emergente para las empresas de ocio. Como ejemplo a imitar de esa política de integración, en Vitoria se han eliminado los hogares de pensionistas para incluir sus actividades en los “Centros Cívicos” (con bibliotecas, salas, piscinas, gimnasios), donde se coincide con otras personas por afinidad o gustos, no por edad. O se crean cooperativas de mayores, como la Santa Clara de Málaga, para construir y gestionar un alojamiento alternativo a las residencias de internamiento.
En el caso de los dependientes es donde existe realmente un problema. Se calcula que unos dos millones de mayores dependen de otra persona. El 86 % de estos cuidados los proporciona la familia, sobre todo las hijas. Cuando en España sólo se cubre el 4 % de la oferta de cuidados domiciliarios y sólo el 40 % de las residencias son de financiación pública, se está dejando todo el peso de la atención diaria a las mujeres. Más peso cuanto menor sea su capacidad económica, pues ni pueden acceder a las residencias privadas ni permitirse contratar a una inmigrante (también mujer) para que la ayude, ni trabajar ella misma al no poder abandonar al dependiente. Son prisioneros ambos. Sin ñoñerías. Esta situación, dolorosa siempre para todos, supone una discriminación real de la mujer, una injusticia oculta e intolerable, de la que sólo ahora se empieza a hablar, al plantearse un seguro de dependencia que, naturalmente, debería ser público. Es decir, que deberíamos pagar todos. Aunque, a lo peor, es entonces cuando acaba la solidaridad y empiezan las discrepancias.

Artículo publicado en "La Voz de Cádiz" el 4 de octubre de 2005

23:11 | ruiztorres | 0 Comentarios | #

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