Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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LOS POLACOS (y III). EN LA CULTURA

He conocido lo que aquí llaman un levantazo. Debe ser porque el ventarrón ese levanta lo que dejes en la arena, lo mismo las sillas que la sombrilla del Fanta, todo sale volando y eso que, como me dijo mi amigo Pepón, el taxista, ahora la clavo con uno de esos cucuruchos del Veinteduros que parecen el taladro de una blacandeker, pero en plástico, pues ni por esas, si sopla el levantazo, el cucurucho se queda clavado pero la sombrilla acaba en lo primero blando que encuentra, que una vez fue el pie de un señor muy poco amable de Murcia, que no se la clavó porque la punta la tiene mocha, que si no le queda el pie como un donut. Y si no hay más accidentes es porque los días de levantazo no hay nadie de Cádiz en la playa, nada más que los que somos de afuera. Como le oí a uno: un buen levantazo pa que se jodan los turistas. Que a ver en qué sitio tienen contigo un detallazo así, tan de buena gente, que hasta se preocupan de que los forasteros tengamos nuestro ratito de sexo. Cuando la playa se puso en plan tormenta del desierto, llamé a Pepón a ver que hacíamos. Y entonces me dijo que nos iba a llevar a la cultura, que es lo que se hace por aquí cuando no hay playa..
La cultura no es un sitio, sino muchos. “Aquí de cultura tenemo pa regalá”, decía mi amigo, con el taxi a cien por la avenida, “tres mil año de cultura, y na más que pa empezá, te vi a enseñá los muertos del museo”. Los muertos son dos sarcófagos fenicios que ya había visto en un folleto en la Residencia. La niña Wislawa, como a los patos, les tiraba gusanitos. Mikolaj seguía sin hablarnos por dejarlo sin su serie de ninjas asesinos. Edyta quería ser tan campeona de pesas de la antigüedad como la Dama. Pepón nos aclaró: “Estaban liaos. Tú ves que se tapan las vergüenzas, porque en esa época no es como ahora, que to se vive a lo claro. Entonces, no. Había como un disimulo, unas normas. En Cadi, menos, porque aquí siempre hemo sido mu liberales, ¿tú sabe lo que es un liberal?”. Y yo le digo que sí por no contrariarlo. “El que hase lo que le sale los güevos, eso es. Pues a los pobres los enterraron en sitios distintos, como a Romeo y Julieta, pero en Puertatierra, hasta que uno descubrió el pastel debajo de su misma casa, en los sótanos, lo de que estaban liaos, quiero decir, ¿a que es bonito?”. Eliza le dice que nie y se va a dónde los romanos. “Quita, quita. Aquí lo que hay que vé es a la Tía Norica, que está arriba. Una cosa de mérito”. Y, como dicen aquí, el mundo es un pañuelo, veo que son como los belenes de títeres de Krakowa pero sin villancicos bordes. Y Pepón: “En Navidad, con unos dobles que les han hecho a éstos muñecos, hacen unas actuaciones que te partes con los borderíos. Morcillas les decimos la gente del teatro. Ésta noche te vi a llevá al Pemán a verme actuar, en un sainete. Porque yo tengo un grupo de aficionaos a to esto del teatro, del barrio, ya te dije. Y ahora a comé algo, que eso sí que es cultura”.
Después de unas caballas, sin nata ni pepinos agrios pero una piriñaca en sus primeras etapas de fermentación, nos pegamos una siesta de dos horas a la sombra del Drago del Mora, todos metidos en el taxi y chorreando como una fregona, sin pegar ojo menos Pepón, que ronca como un gamo, y todo para hacer tiempo al pase de las seis de la tarde del espectáculo flamenco “Sandunga Remenber”, donde el mismo que te sirve cocacolas del grifo, sin gas pero frías, se echa unos cantecitos por Camarón que apenas se oyen bajo el tumulto de las doscientas personas que han conseguido abandonar el crucero para entrar en un local donde sesenta ya estarían apretados. Y, luego, sale su mujer y los niños, y todos bailan algo que dicen por alegrías, lo que los cruceristas entienden como invitación a subirse ellos mismos al escenario, algo que sólo mi Edyta consigue, aunque yo creo que confundiendo el sano tumulto con una pelea a puñetazos. Camarón en persona la coge de lo sobacos y la pone de patitas en la calle, respetando que es una menor, a voces, pero sin estamparle en la cara esa manaza que es un puro callo de levantar pailas de ladrillos a pulso antes de montar el negocio. Y mira que mi Edyta son setenta kilos de joven promesa olímpica. “Fogosa es la niña, joé”, zanja Pepón. Ya es hora de irse cambiando para el teatro. Porque la obra es de época. Del Cádiz de las Cortes.
Antes de que abran al público, Pepón reserva toda una fila de asientos para la familia con distintas prendas, incluyendo sus calcetines. En calzoncillos se mete en vestuarios. Media hora después no cabe un alma. Empieza: sale Pepón, vestido de harapos y una canasta de unas gambas como pulgas que llaman camarones: “De la Isla. Estos no se los comen los gabachos, por mis muertos”. Y se para, y mira al público, y se ríe, y alguien le grita: “Ole, Pepón, tus cohone”. Y Pepón que saluda, desde arriba, a un primo suyo. Y ya es el desmadre: primero, a su madre, y después, por preferencias, al cuñao policía, “que bien nos lo pasamo con las niñas alemanas aquellas, eh julandrón”. “Calla, calla, so sieso”, le contesta el otro. Y la hermana: “A vé dónde encuentra éste quien le aguante el aliento”. “Di que sí, hija”, oigo detrás. “Vamo a seguí”, corta Pepón Nieto, y sigue pregonando. Entra una muchacha con una peluca de tirabuzones: “Mira lo que hacemos las gaditanas con las bombas de los fanfarrones”. Y Pepón: “Como que en Cadi hay que mamá”. Y otra vez se arma el pitote en el teatro. “Va por los callejones”, y Pepón saca de debajo de un mostrador de cartón un vaso largo y se lo bebe entero de un trago. Entra ahora uno vestido de militar regular y pregunta si se sabe algo. “¿Algo de qué?”, contesta Pepón. “De las Cortes”, responde el otro. “Pos que no hacen más que robá, ¿qué va a sé si no?”. Y la muchacha saca una bandera de Andalucía y otra de España y las coloca sobre el mostrador. “Cadi es pa morí por ella”, y le contestan: “Di que sí, Pepón”. Y Pepón que se crece y se emociona y ya no puede hablar, y todo el teatro en pie gritando su nombre. Así, a trompicones, sigue la obra hasta hacer papilla al mismísimo Napoleón, dos horas más tarde. Voy a echar de menos esta ciudad.

20:52 | ruiztorres | 2 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: RM Fecha: 2005-09-11 20:56

Ya sabes que tienes que ir pensando en retomar la serie para el año que viene, Manolo.



2
De: Zifra Fecha: 2005-09-12 11:12

:-)

Gracias



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