Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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Una muestra: CAPITULO V. LA MARABUNTA

Como casi todos los invitados se habían adelantado, mi padre estaba de los nervios. Intentó volver a desplegar la mesa repleta de platos pero, a medida que los iba sacando, los gorrones acababan con ellos. Nunca llegamos a ver el buffet completo. Lástima. Los restos de pandilla que aún nos hablaban, se daban codazos por un buen sitio en primera línea de mesa. Llenaban su plato y se lo comían allí, de pie, para no perder el puesto. Los de atrás les empujaban, pero nada. Ni una mala conversación había. María adelantó que aquello era un mal augurio: "No me gusta tanto desbarajuste ni tantas bromas de mano. Estoy viendo que esto acaba otra vez en desgracia". Yo ya lo había dicho antes: esa noche no levantábamos cabeza. Lo predije sin tener los poderes de mi madre.

A las nueve se había acabado toda la comida de la fiesta. El pobre Antonio, apuradísimo, pero al que aún le quedaban reflejos, introdujo en el horno una enorme pata de cerdo, guardada para nuestro almuerzo del día siguiente. Dos horas y media teníamos que esperar todavía para hincarle el diente. No sé cómo me contengo. Quitándole la comida de la boca a su propio hijo.

Los gorrones se dedicaron entonces a acabar con las bebidas. Mientras, se cocía la pata. Bernabé y Carola aprovecharon ese tiempo sin comida para ducharse. Habían vuelto de la playa en pleno despliegue de platos y, como para estas cosas tienen mucho mundo, ganaron el puesto de salida en la mesa tal como venían: descalzos, sin camisa y con los bañadores chorreando. Lo que los maldecía mi madre, detrás de ellos con la fregona.

La pandilla fisgoneaba por todas partes. Habían ocupado entera la casa. Entre los chillidos de las cochinitas, arriba, y todos los ruidos capaces de producir una jauría de profesionales de la enseñanza, aquello era un infierno. Alguien se había encerrado en el cuarto de mis padres, aprovechándose del pestillo que puso el pobre Antonio, cuando me cogieron espiándolos. A mi edad, va a venirme ahora con pudores. No me conoceré yo bien las capacidades de toda esta gente. Como que estoy seguro que la que está dentro es Gisela que, desde que se echó el novio drogadicto, no hace más que follar en las fiestas. Lo del novio drogadicto está muy mal considerado en la pandilla porque, por lo visto, es un alumno suyo de adultos, y eso de acostarse con los alumnos es lo peor que puede pasarte dando clases. Te pierden el respeto, el resto.

En mi cuarto, Pablo Miki y otros dos barbudos como él, que no conozco de nada, habían encontrado mi juego de dardos, lo único mínimamente peligroso que me permiten tocar en casa. Cuando lo de los oseznos, me tiraron a la basura mi "Quiminova", dejándome sólo los dardos. A mi me extraña, porque un dardo es un arma y juguetes bélicos no, rotundamente no: "De ninguna manera, Fara, un rifle no entra en esta casa, ni de juguete. Aquí no enseñamos a matar a nadie. ¿Es esa la educación que te hemos dado?". Y me regalan otra caja de Lego, para ver si me surge vocación de arquitecto. El pobre Antonio cree que un dardo es, de alguna manera, un juego educativo que recoge la civilización británica de la pinta, la campiña galesa y las películas con Anthony Hopkins de mayordomo. Como al pobre no le gusta el fútbol no debe tener idea de lo que es un hooligans. Los tres barbudos sí porque, con el mismo espíritu, me están destrozando el cuarto con los dardazos que se salen de la diana. Una ocasión de oro para aprovechar y deshacerme del Van Gogh de tulipanes. Donde las dan, las toman. ¿O no?.

Ya dije que estaba la casa entera ocupada. En el estudio, Oria había conectado el multimedia para oír música aborigen australiana, mientras Lucas y Pascasio repasaba las estanterías a ver qué libros pedían prestados, eufemismo con el que la pandilla saquea nuestra biblioteca. Cualquiera de ellos te dice que entiende de ordenadores y, desde luego, toca el multimedia. Lo toca mal, porque todos/as dejan el volumen del aparato al máximo. Después de cosas como las películas que han visto, los libros que han leído o los países que conocen, de lo que más hablan es de sus ordenadores. De lo grande que tienen los ordenadores.

En el salón confluían unos y otros. Me tenían harto. Hambriento, aburrido y harto. En el equipo de música sonaba, todo lo exagerado que permitía mi padre cuando se daba cuenta, un compacto de salsa cubana, que se quitó enseguida porque María no pudo asegurar si la salsa era cubana-cubana o venía de Miami. Aunque bailar, se baila lo mismo. Y. para los que no bailan, alguien descubrió con regocijo el lote de videos porno de Serenella, que mi padre esconde en el altillo de los empotrados. Como si yo no supiera usar una escalera. Y cambiaron la película tunecina que veían por un juicio sumarísimo a Serenella. A cara de perro.

Ese era el panorama. Nuestra primera gran fiesta en el piso nuevo y caro degeneró en un zoco callejero. De un ruido insoportable. Acabaron con las botellas de Ribera del Duero, con el vino añejo de guisar, con el Moscatel del postre. Cuando no quedó ni un vaso, se pasaron al trago largo, sin que eso indicase que dejaban de esperar la pata, que se asaba en el horno. Así estábamos. Esperando la pata entre los chillidos de las cochinitas, las risotadas de los hooligans clavando dardos en la pared, los aborígenes australianos, el cortacésped, los gemidos de Gisela, la salsa-salsa, los polvos en estéreo de Serenella, Quiriaco vomitando en la bañera, los grititos de "sabrosón, qué rico guaracha" de los que bailan y un par de discusiones, a voces, una sobre la poca consideración social a los profesores y la otra sobre estrellas del porno y feminismo. A veces, los grupos se cruzan y se traen coletillas de una discusión a otra, lo que no hace más que exacerbar los ánimos: "...La situación es siempre la misma: él siempre tiene ganas, y tú, por satisfacerlo, también debes tener ganas cada vez que él quiera. Él llega y te toma. Y tú, encima, agradecida de que te follen. Es una ideología repugnante", dice por ejemplo una de ellas, mientras sale del grupo porno y entra en el de dignidades. Le contestan: "Repugnante es que tú vayas con ese talante a recibir a un padre de alumno. Así cómo vamos a exigir respeto". Y, claro, se lía. La discusión entra de lleno en lo personal, que es lo peor que puede ocurrir en una fiesta.

Como esta gente, en algún momento de su vida, han estado todos liados unos con otros, hay que ser muy prudente para no herir susceptibilidades. Cuando se traspasa el umbral de lo personal, ya no hay regreso. Todo es cuesta abajo. Dice la que se equivocó de grupo: "Tú que me estas llamando, ¿puta?. ¿A mí me vas a dar lecciones de respeto?. Bien que te las arreglaste para acostarte con Remigio en el CEP de Huelva. Los dos mosquitos muertos decían que iban al curso de adaptación a la Reforma y no salieron del hostal en toda la semana. Que todo se sabe. Pero yo lo planté. Nada más llegar le dije: los cuernos se los pones a otra". Remigio, que ahora sale con Reina, puso cara de llevar malas cartas en su juego. A saber si su Reina sabía algo de eso. O si acababa de anunciarle un nuevo curso por los CEP de Úbeda.

A medida que el tono subía, ya de pelea abierta, aparecían nuevos nombres, fechas, citas. Las parejas se subían al carro de las acusaciones directas y, por salvar al compañero/a daban nuevos nombres. Aquello podría haber sido una refriega general pero, por fortuna, muchos/as de los aludidos/as seguían bailando o tirando dardos como si nada, ajenos a la enlodada puesta en común de la pandilla, sin enterarse de lo que les esperaba al llegar a casa. Los menos, cogidos en medio de la mierda, se fueron gritándose el divorcio a la cara. No sé si llegaron a las manos esa noche.

Ajeno a todo, a las once y media en punto de la noche, sacó el pobre Antonio la pata de cerdo a la mesa. No estaba la cosa para refinamientos. No los disculpo. Ni porque estuvieran borrachos ni por las ganas de que un escán¬dalo les tapara las vergüenzas, les perdono la cochinada que hicieron. Le arrebataron la pata al pobre Antonio, que se disponía a trincharla y, agarrada por un paño de cocina, no sé si limpio, empezaron a comérsela a mordiscos. Con gran fiesta, se la pasa¬ban de unos a otras. Le daban un bocado, que procu¬raban grande, en plena molla de carne ensangrentada, como la deja mi padre, que él dice que a quien le gusta de verdad la carne, la come poco hecha. A mí me gusta poco hecha, vuelta y vuelta, pero en una mesa bien puesta y con cubiertos de carne, con mangos de madera y el cuchillo aserrado. No probé la pata. Antes muerto de hambre, como le dije a María.

La pata circulaba por toda la casa. Se la llevaban al estudio, a mi cuarto, a la puerta cerrada del de mis padres, al balcón, al cuarto de baño. Cuando alguien conseguía arrebatársela a quien la llevara, la mordía y se enfrentaba a los demás por defenderla. Si podía, la volvía a morder. Pero era raro que alguien la tuviera tanto tiempo. Los barbudos añadieron el juego de dardos al de comerse la pata. Intentan ensartar la pata, convertida en diana móvil. Todos se la pasan ahora con más rapidez, les quema en las manos, arriesgándose a que los hooligans borrachos les salten un ojo por defender un trozo de carne. La pata se les cae al suelo varias veces, pero la recogen igual y le dan el mordisco. Un asco. Así se divierte la pandilla: peleándose entre ellos. Después se preguntará María a quién habrá salido su Fara.

Es entonces cuando mi madrina Mercedes, a quien no le gusta tanto barbarismo, se quita de en medio. Se despide de quien cree conveniente, ignora a los demás y se marcha a su pueblo a ponerse un video de Rocío Jurado. La más lista, mi madrina.

El pobre Antonio está hundido. No tiene ni fuerzas para bajar la música. No oye, debajo de todo el escándalo de veinte adultos detrás de una pata, el orgasmo de Serenella con los aborígenes australianos en el paraíso de la salsa, donde las cochinitas gritan que no hay derecho a que, en una fiesta, se arme tanto escándalo. "No hay derecho a ese escándalo", lo acaba de gritar María Goretti por el patio de tender.

Los vecinos sí lo oyen todo. A la gente bien los escándalos que organizan los demás, les parecen fatal. A las doce en punto de la noche, llamó la policía a la puerta.

El pobre Antonio quería morirse: "Tiene usted razón, señor agente: éstas no son horas, ni para un sábado. Ahora mismo se le baja el volumen a todo". Le contestan: "Mira chaval, vas a bajar un cuerno. Ahora mismito quiero a toda esa gentuza fuera de la casa, a dormir la mona a la playa. Y, como tenga otra queja más de vosotros, pasas la noche calentito en comisaría. Allí te voy a hacer yo un hombre".

A María le había dado un ataque de histeria. Con razón, no la critico. Empezó a echar a todo el mundo: "Se acabó. Es la última vez que os aguanto. Ya sabía yo que hoy acabábamos en desgracia". Y los empujaba un poco, repitiéndoles que se acabó, como si se despidiera. Los gorrones se fueron, protestando mucho por la grosería de mi madre: "Se le ha subido el piso nuevo a la cabeza". O Begoña: "Nunca me gustó. ¿No ves lo mal criado que tiene al niño?. Y lo que debe estar pasando el pobre Antonio".

Aunque todos los gorrones terminaron por irse, ni Carola ni Bernabé se dieron por aludidos: "Esa gente no sabe estar en los sitios. Se lo he dicho a ésta: aprueban una oposición y ya ni leen el periódico. Hoy mismo sale un caso en Sucesos, uno que fingió un asalto a golpes para justificar que llegaba tarde a casa. Se lo he dicho a ésta: hablando se entiende la gente, ¿no?. Pues eso: que la gente exagera y se crea problemas donde no los hay. ¿Que no sabes beber?, pues no se bebe y punto. Y no comprometes a los amigos. Tú sabes lo que fumaba ésta antes del embarazo, ¿no?. Pues me planté, le tiré los cigarrillos y se lo dije bien clarito: ahora lo importante no son tus vicios sino lo que llevas dentro. Y se acabó".

Tuve claro que ni Carola ni Bernabé iban a renunciar a sus vacaciones gratis en mi casa.

A esas horas, lo mejor que podíamos hacer todos era dar por acabado el día. Borrón y cuenta nueva. Pero no siempre se puede hacer lo más saludable. Los buitres se habían marchado a dormir al estudio, a estrenar el sofá cama de láminas: "Nos vamos antes de que a ésta se le ocurra adelantar el parto", dijo el cretino. Les entró la prisa por acostarse justo al percatarse de que ni Gisela ni su novio habían salido del cuarto. Los conoceré yo.

Mis padres, claro, tardaron más en darse cuenta de lo mismo. Después del sofocón por el feo final de la fiesta, los dos se entretuvieron consolándose a su manera, es decir, indignándose muchísimo con todo el mundo. Cuando recuperaron algo de la autoestima perdida, se fueron a dormir. La puerta de su cuarto seguía cerrada. Y Gisela y el drogadicto dentro, por lo oído destrozándolo todo, que ese parecía el ruido que hacían. Mis padres golpearon la puerta y, del otro lado, se callaron un rato, muy poco, hasta que soltaron una carcajada y siguieron a lo suyo. No volvieron a hacernos caso. Por más que le dábamos patadas o puñetazos a la puerta, ellos como si nada. "Esto es lo último, ¿os enteráis?. Se acabó", le protestaba María a la puerta cerrada. Y el pobre Antonio, encarándose también, la apoyaba en todo: "Sí, se acabó. Esto es demasiado. Y tú, Fara, tranquilízate un poco, hijo". Los veía ya rendirse. Además, sonaron tres golpes en el suelo, que es como protestan los vecinos de abajo, principalmente cuando María riega, que les molesta mucho. Abajo han acristalado el balcón para llenarlo de trastos, una tabla de plancha y una máquina vieja de coser, una Singer de las primeras que entraron en España. Que me he dado cuenta que en los pisos buenos y caros hay mucha afición a la costura. Cuando María riega, le cae agua al cierre de abajo. No puede ser de otra manera porque los desagües están pensados para un balcón y no para un cierre de cristales, como le explicaba yo a mi padre. Pero les molesta mucho. Y dan tres golpes -yo creo que con la escoba- en su techo, que es nuestro suelo. Después, por si no hemos entendido la queja, una mujer saca la cabeza oxigenada por el cierre y le grita a mi madre: "Señora, que le cae agua a mis cristales". Se lo grita bien desagradable: "No voy a estar limpiándoles la mierda siempre, ¿no?". Y, desde ultratumba, sale la voz del marido: "Regar está prohibido". El marido es el director de la sucursal de una Caja de Ahorros en el barrio, además de tesorero de la Comunidad de Propietarios, dualidad que le permite variar la forma de tratarte, según las circunstancias: como un lameculos en horario de oficina y sin dignarse a mirarte a la cara en cuanto cierra la Caja de Ahorros. El pobre Antonio, para evitar tensiones, ha puesto una toalla vieja en el desagüe, que empapa bien el agua. "Lo que, de ninguna manera, vamos a hacer es dejar de tener plantas porque esa gente haya puesto un cierre".

Así que, con los tres golpes en el suelo, supe que íbamos a rendirnos. Los buitres hacían como que dormían en el estudio. No quedaban más camas. Esa noche, María durmió conmigo. Incomodísimo. Y el pobre Antonio se echó en el sofá del salón. Por él supimos que Gisela y su novio se marcharon, de puntillas, casi amaneciendo. El pobre, que no pegó ojo, no quiso decirles nada.


  

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