Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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"FARA", Presentación de Vicente Vegazo

Buenas noches. En primer lugar me gustaría dar las gracias a los que han hecho posible que hoy nos reunamos en la presentación de esta novela: agradecer la generosidad de Ángel quien nos ofreció amablemente este espacio casi árabe que es El Zoco, gracias a la librería Forum y a Juan Alcón por su amabilidad y entusiasmo en colaborar y gracias también a todos los amigos que habéis atendido al reclamo de esta presentación, en estos días más propios de jolgorio y carnaval que de actos literarios.

Supongo que la finalidad de toda presentación de un libro (al margen de podernos tomar unas cervezas y charlar con los amigos) es incitar a lectura que nos ha gustado mucho, como es el caso que nos ocupa hoy, de la novela Fara de Manolo Ruiz Torres. Digamos que mi natural resistencia a intervenir en este tipo de actos la venció la muy grata lectura de Fara, ya lo he dicho, y la perspectiva de presentarlo aquí con sencillez, sin tenernos que sujetar a ninguna etiqueta académica y convencido de que para que funcionara este encuentro literario y etílico, bastaba con recurrir a la generosidad de los amigos.

Sobre el autor, no considero que les deba decir mucho más que lo que aparece en la solapa de la novela a la que les remito. Entre otros datos, en esa fría biografía curricular destaco que este escritor polifacético de Algeciras, aunque muy gaditano, es químico de profesión, pero también es o ha sido editor de libros, responsable de alguna revista literaria, poeta ( recordamos que incluso estuvo incluido en la ya mítica antología de la joven poesía gaditana Qadish en 1980), autor de libros de relatos, articulista en La Voz de Cádiz y en revistas de gastronomía, autor de letras de canciones para algunos grupos de música moderna, responsable de su propia blog en internet y hoy novelista con Fara, su primera novela, aunque por su madurez no lo parezca. Les diré, por lo que he podido leer estos días, que en todos esos géneros está atinado y hay buena literatura. En cualquier caso, todos encontramos dificultades para decir algo de nosotros mismos que contenga intención, méritos y atractivos más allá del horizonte de lo convencional, cuanto más decir algún otro dato significativo de Manolo Torres, al margen de su novela. Me han comentado que en las empresas norteamericanas los empleados de cierto nivel elaboran el curriculum no a partir de sus títulos, méritos académicos o profesión, sino a partir de sus aficiones deportivas y artísticas, habilidades dancísticas, hazañas sexuales, grado de lógica en completar sudokus imposibles, pretensiones y retos, características psicológicas o historial de cirugía plástica. Pero sospecho que estos asuntos domésticos no les debe interesar demasiado. Lo que es seguro es que estamos todos aquí por un buen libro, más que por una biografía o un curriculum.

Así que sin entreternernos más tiempo, pasamos al comentario de la novela. Si la labor de un crítico es evitar la autosuficiencia, dibujar modestamente círculos concéntricos en torno al meollo de una obra para acercarnos a comprenderla y nunca a agotar sus lecturas; con más razón, considero que la presentación de la novela de Manolo Ruiz Torres no debe agotar sus lecturas, sino más bien, mi intención es dar algunas pistas, apenas señalar algunos atisbos o descubrir algunas claves sencillas.

Para empezar, llama la atención el propio título de la novela que es el nombre del niño protagonista “Fara”. Un nombre lleno de connotaciones guerrilleras porque responde al apócope de Farabundo como el del conocido revolucionario sudamericano. Según me cuenta el autor, la novela la empezó a escribir cuando María Jesús, su mujer, estaba embarazada y ambos consideraban cómo sería ese futuro hijo. Al final el niño, fue afortunadamente niña (cuando lean la novela sabrán por qué lo digo) y vino a llamarse Mercedes. De este modo, metido el escritor en la piel y la cabeza de un niño de diez años, que es al mismo tiempo personaje protagonista y narrador, nos hace un retrato irónico, esperpéntico, demoledor, pero sobre todo muy divertido, de la generación progre, provinciana y pequeñoburguesa, de los que fueron jóvenes durante la Transición a la que, para bien o para mal, muchos de nosotros pertenecemos. Manolo Ruiz, a través del pequeño “monstruo” que es este crío, describe de un modo verosímil nuestras manías, absurdos y desastres cotidianos fácilmente reconocibles y que más bien parece un ajuste de cuentas con las miserias y frustraciones de esta generación. Contemplar el mundo a través de la mirada ingenua o cándida, no contaminada de un niño es un recurso antiguo y tiene muchos antecedentes felices desde Oliver Twist, el joven Jim de la Isla del Tesoro, el pequeño Nicolás o incluso Manolito Gafotas. Lo que ocurre es que, salvando las distancias, Fara es cualquier cosa menos un cándido niño. Ya lo dice muy claro en el comienzo de la novela, que es toda una declaración de intenciones: “Yo era un niño bueno y listo. Lo era, hasta que me di cuenta de que siendo bueno no vas a ninguna parte”11. O cuando más adelante confiesa que “Pero está claro que si tengo algo que contarles es porque no siempre hago lo que debo. Ya se habrán dado cuenta”134. Efectivamente, a esas alturas de la novela el lector ya se ha dado cuenta.

Estamos, pues, ante un niño quizás demasiado inteligente y demasiado cínico que da un soberano repaso a esta generación, describiendo comportamientos o conductas más propias de los animales de los documentales de la dos que de las personas. Y sin embargo nunca deja de resultar un relato creíble de los hechos, a pesar de algunas exageraciones. Pero sigamos trazando círculos alrededor del centro.

Decía que los muchos treintañeros y cuarentones que aparecen en esta novela se comportan como animales, es decir, aparecen cualificados de forma deshumanizadora y degradante en un proceso que recuerda un poco las antiguas amonestaciones satíricas o los bestiarios medievales. Y es que eso es lo que el libro parece: un bestiario contemporáneo, una especie de ecosistema más animal que humano en el que de forma despiadada se enfrentan y despedazan depredadores y víctimas luchando por su supervivencia. Basta echar un primer vistazo a los títulos de la mayoría de los capítulos para convencernos de la intención del autor: en la novela aparecen oseznos, buitres, cochinitas, marabuntas, enjambres, pájaros bobos, estampidas, insectos, mantis, ballenitas, gatos, vertebrados, cucarachas, apareamientos, rapaces nocturnas, primates, etc. Las referencias animalizadoras para enjuiciar a los personajes son constantes. La novela viene además precedida por una cita de Fray Luis de Granada que anticipa metafóricamente lo que nos vamos a encontrar más adelante. En ella se describen las estrategias cazadoras de algunos gatos para atrapar y devorar pájaros. Por si no estuviese suficientemente claro, en otra parte del libro, a Fara le proponen en el colegio una actividad relacionada con la naturaleza y no se le ocurre otra cosa que llenar un tarro con todos los bichos que encuentra en una excursión a los pinares. Cuando llega a casa comprueba que no todos los bichos llegan vivos, según reconoce “porque, a veces, mezclé bichos de especies incompatibles que se comían los unos a los otros. Una lección de la naturaleza que quizás me sea de gran utilidad en otras situaciones de mi vida”121. No tarda mucho en cumplirse esta desalentadora predicción y el autor no duda en volver a recurrir a esta eficaz metáfora animalizadora casi al final de la novela cuando refiriéndose a los amigos de los padres vuelve Fara a recordarnos: “Me doy cuenta de que la situación es la misma que lo de mi trabajo con el tarro de los insectos. Van a comerse vivos unos a otros” 286.

Casi nadie escapa a este proceso despiadado de animalización, especialmente la galería grotesca de amigos y conocidos de los padres a los que Fara despelleja sin compasión: vecinos, artistas, periodistas, críticos, profesores de instituto, escritores, abogados, inspectores de hacienda, pintores, cajeras, médicos, enfermeras, actrices... todos devorándose en el tarro de la vida, o como piensa irónicamente Fara:“todos comportándose como profesores de instituto, que es una forma de darme la razón en mi simplificación del mundo” 283.

De todas estas fieras, quizás sólo se libren Doi, una tailandesa de la que parece enamorarse el protagonista, los padres de Fara y paradójicamente un gato; aunque el puñetero niño insista en llamar a su padre siempre como “el pobre Antonio” y entre otras muchas cosas nos diga de él que su película favorita es “Zelig”, del director Woody Allen, cuyo protagonista es tan mudable y pusilánime que adopta la apariencia de los que lo rodean como un camaleón. Un feroz modo de sugerir la casi invisible personalidad de su padre.

Por otra parte, la trama es fluida y viene determinada en gran medida por los espacios donde transcurren: los diferentes pisos y el adosado donde viven Fara y sus padres, la casa de Quiriaco, la boite, las acampadas en los pinares, la playa de nudistas, el chalet donde vive la tailandesa, el colegio... Igualmente, las absurdas relaciones de la familia de Fara con los vecinos o las fiestas casi surrealistas de los amigos serán las ocasiones en las que directa o indirectamente, voluntaria o involuntariamente, las intervenciones de Fara provoquen los comentarios, las desgracias y las situaciones más hilarantes para el lector.

De paso, no hay tema o preocupación que la novela no aborde, naturalmente de un modo jocoso e inteligente: el descaro de los amigos gorrones, la insoportable convivencia entre vecinos, el afán por vivir en una buena casa, los artistas fracasados, los escritores frustrados y los críticos holgazanes e idiotas, los malos médicos, la emigración, el racismo, el clasismo, los arribistas, los profesores autoritarios y mediocres, las envidias... Como piensa Fara de una manera muy lúcida: “La vida de cada uno es coherente con su propia enfermedad”212.

La novela además presenta otras muchas virtudes: está escrita en un lenguaje directo y aparentemente sencillo, que evita la tentación del retoricismo vacío frecuente en muchos escritores que escriben su primera novela. La sencillez de estilo es, por otra parte, consecuencia obligada del decoro, la adecuación del lenguaje al pensamiento y habla de un crío de diez años. La transición entre los capítulos, casi siempre breves, es fácil y fluida, algo que el lector también agradece. Hay, por tanto, muchas buenas razones que deben animarnos a leer Fara.

Pero si esta aproximación necesariamente fragmentaria o estos argumentos aún no les parece convincentes, apelo a la complicidad antigua que existe entre los lectores. De modo que les apunto, si sirve de algo, las dos tardes felices que me depararon la lectura de esta estupenda novela de Manolo Ruiz Torres, ojalá no sea la última, en las que apenas pude parar de reír y de disfrutar, un ejercicio muy saludable en estos tiempos tan poco propicios a la risa y la inteligencia.

Muchas gracias.

Presentación de "Fara" por Vicente Vegazo Palacios en Sanlúcar, el 3 de marzo de 2006


  

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