Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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LA PERRERA

Como tantas otras guerras, la que libraban los vecinos de mi bloque era una discusión sobre la propiedad del territorio. Aparte de las fronteras naturales de cada casa, como puertas y rejas, existe una confusa zona de todos, formada por descansillos y escaleras, donde cualquiera se comporta de manera que pueda molestar al mayor número posible de vecinos. Las fronteras se defienden y las zonas comunes se ocupan. Hay muchas maneras de conseguirlo. Quiero decir, molestar y ocupar al mismo tiempo. Por ejemplo, dejar un criadero de polillas en el portal, en forma de raído sofá, tan viejo que está a punto de volver a ponerse de moda, el tiempo suficiente para infectar el último pedazo de madera que esconda en su casa el más previsor de los vecinos, incluyendo naturalmente el pasamano de la escalera, cubierto por un estucado de polvo tan antiguo como el propio edificio. Porque comprenderán que la limpieza común es lo primero que se resiente en una guerra. Al del sofá le puede contestar el del Tercero A, aficionado a la caza, llevando sus dos perdigueros a la puerta del otro, en ese momento del día en que los animales se comportan como tales y desahogan sus necesidades en el primer sitio en que los dejan, aunque sea la tullida alfombrilla que da la bienvenida a la casa del vecino que bajó el sofá, que es mi vecino de planta, ya lo irán descubriendo. Así que cuando éste sale de su casa a pasear su insignificante chihuahua, con esa despreocupación de quien sale de su casa, y se emplasta en su propia alfombrilla, monta en cólera contra todos los vecinos con perro del bloque, que son casi todos, menos nosotros y el del Primero A, justo bajo nosotros, quien además de no tener animales, deja pedazos de pan empapados de raticida por la escalera, algo que, aparte de consideraciones morales, lo excluye como sospechoso. Mi vecino puede dedicar el resto de su existencia a represalias diversas, que serán contestadas a su vez por los otros, porque si algo caracteriza a mi vecindario es la unánime necesidad de querer decir la última palabra en todo.
Yo me he mantenido al margen de la guerra todo el tiempo que llevo viviendo aquí, ya para tres años. Lo he hecho de la única manera que sé hacer estas cosas, con una actitud pusilánime, que no me cuesta mantener, y diciéndoles que sí a todo y a todos, en un equilibrio que creo merecía mejor recompensa que la mera tregua. Como esos países que entran en guerra sólo porque les cogió en medio, o porque les mataron a un príncipe en un teatro que estrenaba determinada ópera, que ya es mala suerte, así entré yo en la peor de las contiendas, por culpa de un periódico que, además, me roban cada mañana.
Por increíble que parezca, la televisión de pago a la que estoy suscrito desde antes de que empezara a emitirse, me había regalado una suscripción de seis meses a un periódico de la misma empresa, digo yo que por reconocerme, después de tanto tiempo, como un consumidor voraz de cuanto han ido ofreciéndome en venta, además de ser alguien poco dado a reclamaciones, por cierta debilidad de carácter que ya me irán descubriendo. Sabían que, tras esos meses de regalo, no iba a negarme a una suscripción vitalicia. Lo malo de que te traigan el periódico a tu casa es lo temprano que te lo traen siempre. A las siete de la mañana, para ser exactos. A esa hora en que algunos jóvenes, cuya única habilidad social es saber conducir una motocicleta, consiguen un empleo en precario para repartir periódicos, es decir, una licencia para apoyar el dedo en el timbre del portal el tiempo necesario como para que una persona normal, ya con el corazón en la boca, pueda ponerse los pantalones antes de coger el telefonillo, en una costumbre inexplicable que debe tener alguna relación con la natural predisposición a esperar grandes desgracias cuando recibimos llamadas intempestivas. Pero peor aún que tener que correr hacia el telefonillo es que lo haga tu vecino. Porque por pura desidia el repartidor clavaba su dedo en la letra B, donde vive el del sofá, jubilado desde hace dos años, de sueño tan ligero como mal carácter. Le decía mi nombre y que venía a traerme el periódico. Lo supe por otro vecino cuando ya todo era irreversible.
Esa semana me partieron el retrovisor del coche. En el taller me dijeron que de una patada. Le eché la culpa a la mala noche de alguien. Arreglado me duró tres días, porque ese mismo fin de semana me lo dejaron otra vez colgando. Pensé que era cosa de jovenzuelos, probablemente borrachos. A la tercera ya no creía en casualidades, así que acusé al dueño del gimnasio que ocupa los dos bajos del bloque, única bestia capaz de arrancar con las manos una reja con la que algunos vecinos querían tapiarle una entrada trasera a su gimnasio, alarde que yo mismo presencié así como sus amenazas contra todos, incluyendo a mi señora, entonces presidenta de la comunidad de propietarios. Quiero decir que lo acusé de lo de los retrovisores ante mi señora, precisamente, porque uno no va a ir por ahí provocando a alguien que arranca rejas con las manos, por muy fresco que estuviera el cemento. Convencido de su culpa, noté cómo me crecía un resquemor hacía él, que ya era abierto odio en los siguientes retrovisores rotos, un rencor salpicado de fantasías del tipo su gimnasio volando por los aires o anegado de las inmundicias de todo el bloque. Como primer síntoma peligroso de que algo en mí se transformaba, empecé a tirar los huesos del puchero por el bajante. Y una madrugada que llovía a mares, lo que me pareció suficiente camuflaje, volqué un bote de pintura amarilla sobre su Porsche rojo, que aparcaba siempre bloqueando la entrada a una callecita trasera para que nadie más fuera a usarla de estacionamiento. La mancha se extendió por todo el techo, escurrió el cristal, manchó el capó. Era pintura al aceite así que no se mezcló con el agua que caía. Al día siguiente todo eran gritos de la bestia. Y apareció roto el portero automático.
Por un incidente reciente, la bestia acusó de lo de su coche al vecino del Tercero B, un guarda jurado que aparcaba su moto en la calle trasera hasta que el del gimnasio decidió expropiarla para su único uso. Esa batalla la iba ganando la bestia, con gran capacidad para no dejar un resquicio por donde pudiera colarse el otro con su moto. Para provocarlo, el de la moto subía su fox terrier sobre el capó del Porsche, a lo que el otro le respondía azuzándole el boxer que vigilaba el gimnasio a ladrido limpio todas las noches. Ya habían tenido un par de forcejeos nulos, porque ambos llegaban a las manos así de fácil, nada más mentarse a la madre. Pero esta vez no. Lo que hizo la bestia fue tumbarle la moto al otro de una patada y, ya en el suelo, seguir machacándola hasta que ni el más generoso de los chatarreros fuera a darle ni los buenos días por quedarse con ella, un destrozo cometido ante los ojos de todo el mundo, que no iban a decirle nada, faltaría más, porque al guarda no podía verlo nadie desde que en sus peleas con su mujer le diera por lanzar objetos por la ventana, ceniceros y cosas así, más contundentes que las colillas encendidas que tira mi vecino, el del sofá, y peor toleradas que los electrodomésticos que lanza la criaturita del Cuarto B, un sicópata de cuatro años que fue capaz de agotar las siete vidas de su anterior gato antes de que le compraran un rotweiler asesino, para no ser menos que nadie en el edificio. Las mañanas que está expulsado de su colegio lo suelta por las escaleras, con gran fiesta de su madre, yo creo que por librarse de ambos, de modo que nadie del bloque se atreve a salir a hacer la compra y ese día todos almorzamos fiambres. Una vez cumplido su castigo, con el niño ya en clase, del perro se encarga su padre, que ha terminado de desquiciarlo dándole dos salidas al día dependiendo de su turno en la fábrica, es decir, lo mismo a las cinco de la mañana que a las tres de la tarde, con correa pero sin bozal, una crueldad que no va a consentir para su perro, a pesar del dinero que le cuesta en multas y de una denuncia que tiene en el juzgado por un bocado mal dado a un ciclista. Aunque todos dicen que el carácter de ese hombre se parece cada vez más al de su perro, yo lo recuerdo igual de agrio cuando vivía el pobre gato. De él sospechó el de la moto, sólo porque vive debajo suyo, algo que no le envidia ninguno de nosotros. Nadie incluiría, entre los grandes ruidos capaces de producir un vecino, las explosiones de televisores o el rodar de bombonas de butano por un largo pasillo para probar los reflejos del perro, actividades a las que dedica las tardes la criaturita, en espera de los largos años que aún le quedan para ingresar en un correccional, verdadera vocación de su corta vida. El de la moto sube con frecuencia a enfrentarse con el de la fábrica que, a veces, le abre para intercambiar puñetazos y otras no, se hace el tonto subiendo el volumen del equipo de música hasta que se oiga en el gimnasio, algo realmente complicado porque también allí tienen su propia música, a la completa disposición de todo el bloque. Cuando no le abre, el de la moto se empeña en darle al otro lecciones de educación para su hijo, incluyendo la de tirarlo por la ventana, como nos enteramos todos, incluso por encima de la competencia de los equipos de música. Pero el día que le destrozaron la moto no subió a pecho descubierto sino que prefirió pegarle fuego a la puerta.
Debió vaciarle entera la lata de gasolina que reservaba para su moto porque aquello ardió como una mecha. La columna de humo se escapaba por la puerta de la azotea, siempre abierta desde que la comunidad de propietarios no había conseguido ponerse de acuerdo en la compra de un candado, haciéndose visible desde la calle, lo que ya alertó a los bomberos que vinieron por su cuenta, ahorrándonos a nosotros ese gasto. Que la escalera se llenara de humo no extrañó a nadie porque es el sitio donde cualquiera lleva cualquier cosa que le salga ardiendo en su casa, sartenes o estufas, principalmente. Como nadie ha revisado nunca sus instalaciones de gas ni ha renovado el cableado eléctrico esa costumbre implica cierto riesgo, como me atreví a sugerir en una de nuestras reuniones, lo que fue considerado meterme en asuntos que no eran de mi incumbencia. Tampoco nos alertaron los ladridos del rotweiler contestados, como de costumbre, con todos los pulmones que le permiten sus sesenta kilos de fiera, por el San Bernardo de su misma planta, animal al que una falsa imaginería popular considera bondadoso y predispuesto a sacrificarse por la raza humana, en especial si ésta practica deportes de nieve en lugares con riesgo de avalanchas. El matrimonio del Cuarto A, al que no se le conoce más actividad física que la de sacar al perro, lo había cebado como un cerdo desde cachorro y, como muchos hacen con los hijos, habían conseguido transmitirle una depurada mezquindad en el trato con sus semejantes. Como ellos, el animal jamás daba un bocado a la vista de nadie, prefiriendo el ataque por la espalda.
Al de la fábrica le contó la señora del San Bernardo que quien le había quemado la puerta era el vecino del Primero A, de quien todos desconfiaban por no tener perro y por las cantidades de tranquilizantes que compraba en la farmacia de la calle, regentada por una especie de eunuco para quien no existía el secreto profesional, especialmente el referido a los test de embarazo de las vecinas del barrio. Apuntó al mismo vecino que esparce pedazos de pan con raticida por la escalera. Aunque el verdadero motivo para que la del Cuarto le lanzara encima al de la fábrica es el piso vacío que tiene en el Primero B, que no consigue vender nunca por culpa de lo que el otro debe decirles a quienes vienen a interesarse, aparte de fingirse loco y recibirlos sable en mano, lo que intranquiliza a cualquiera. Así que al incendio de la puerta le siguió la destrucción a martillazos de la tubería del agua que abastece al loco, como lo conocemos todos. No fue difícil porque las tuberías suben, al descubierto, por las paredes de un patio interior al que se accede desde el techo del gimnasio. Cualquiera podía encaramarse allí y dejar a quien quisiera sin agua. Ya había pasado otras veces.
Como el de los tranquilizantes no tenía cuentas pendientes con el de la moto, pero sí con el de los dos perdigueros, que lo había amenazado ya por el asunto del raticida, una amenaza de muerte, que todo hay que decirlo, se fue a por él, convencido además de que era quien tiraba los huesos del puchero por el bajante, un asunto con el que nunca me relacionaron. Armó un grandísimo escándalo en la puerta del Tercero A que no fue a más porque, a esa hora, el hombre estaba trabajando, aunque dentro sí que estaba su mujer, que se asustó de verás, escondiéndose tan adentro de la casa que no reconoció al vecino y lo confundió con el del sofá, que debía vengarse así del asunto lejano de la alfombrilla. De esa manera se lo contó a su marido, nada más llegar éste, dicho todo con los últimos coletazos del ataque de nervios que aún padecía. Como las afrentas propias se hacen más grandes si nos las cuenta otro, en especial si ese otro es la propia mujer de uno, el de los perdigueros se acordó de la vieja escopeta de caza, cuya licencia le habían retirado por encañonar a un socio que le debía dinero, y bajó al Segundo, con perros y todo, a cobrarse la cabeza del vecino. En la escalera se encontró con el de la moto, sonámbulo después de una guardia de veinticuatro horas y uniformado como para repeler un atraco quien, al verse delante del arma, se creyó en peligro y sacó la propia pistola reglamentaria, con tan mala fortuna que se le escapó un tiro al pasamano de la escalera que sólo necesitaba eso para venirse abajo en todo el tramo. Al cazador, por el susto, también se le fue un escopetazo al techo, llevándose un pedazo por delante que cayó con el estruendo de una avalancha en la montaña. Ese ruido despertó en el San Bernardo un instinto de salvación milenario que lo hizo destrozar las dos chapas de la puerta que lo retenía con sus dueños. Al verlo correr escaleras abajo, el rotweiler, que hasta que colocaran una puerta nueva era quien vigilaba la casa, se le fue detrás, buscando saldar de una vez aquella guerra. Y detrás del perro asesino, la criaturita, la madre, el padre, el matrimonio de enfrente, en una cadencia lógica. Todos habíamos salido a ver cómo acababa aquella matanza en la que también se involucraron los dos perdigueros y el fox terrier, salido de no se sabe dónde. Entonces fue cuando, mientras unos y otros se dedicaban a recuperar a sus perros, llegó mi mujer con un precioso cachorro de cocker americano que le íbamos a regalar a mi hija para que no padeciera nuestros problemas de adaptación social. Así que todos, aún tensando las correas de sus animales, que querían seguir con la lucha, se fueron acercando para acariciar al cachorro, mientras comentaban entre ellos, como si nunca hubieran tenido un roce, lo cariñosa que es esa raza con los niños y con las personas mayores, una suerte de perro, carísimo además. Como dijo mi vecino, mientras lanzaba su colilla encendida por el hueco de la escalera, no tienes corazón si un animal así no te saca, de lo más profundo, lo mejor de ti mismo.

Publicado en "La Cuerda floja" (FMC Algeciras, 2004)


  

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