Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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EL JARDÍN DE LAS HORTALIZAS

A M. Hidalgo

Aunque no tengo prisa en comprobarlo, estoy convencido de que, en cuanto salga de este huerto, el corazón va a explotarme como estallan los zurrones del castaño cuando el fruto está maduro. Y el pecho se me abrirá en cuatro valvas espinosas para enseñar mi corazón muerto. Pero no quiero morirme. Por eso hace veinte años que no salgo, ni de la casa ni del huerto. Fuera de aquí soy un viejo enfermo, pero dentro me siento fuerte como un roble, mi espalda se endereza como el fresno y estoy vivo como la maleza que espesa lo mismo el rincón más oscuro que la mejor tierra del sembrado. El doctor me recetó unas pastillas para mi mal y acostumbrarme a estar cada vez más tiempo en espacios abiertos. La medicación me dejaba abatido como el girasol seco que hinca la cabeza, y las plazas y calles me pesaban como, algunos días antes de la tormenta, pesa el cielo encapotado. Si salía solo, me ahogaba. Ese vacío me golpeaba el pecho como si me hubieran disparado con un cañón de aire, directa la bocanada al corazón asustado, el corazón veloz que quería escaparse de allí, cada vez más rápido, las pulsaciones azotándome el pecho, cada vez más fuertes, pum pum, el corazón dándome cabezazos dentro del pecho, pum pum, la bomba que iba a explotar y yo estaría ya muerto al caer al suelo, porque el suelo desaparecía también cuando, de pronto, se hacía de noche como en un eclipse y se apagaban las luces y, al volver la claridad, yo estaba tumbado en el suelo rodeado de desconocidos que no sabían qué hacer conmigo. Dejé las pastillas y las salidas de casa, ya hace de eso veinte años. Yo tenía un puesto de verduras en el mercado; hortalizas, frutas y algunas hierbas aromáticas que yo mismo cultivaba en el huerto de mi casa, en las afueras del pueblo. Hoy ese puesto lo llevan mis hijos, a los que surto con lo que produce el huerto. Es mi trabajo, porque viejo y todo, aún me quedan muchos años de rascar el campo. El pueblo ha crecido hasta alcanzar mi casa. Según me cuentan, están convirtiendo las antiguas trochas en calles, así como que muchos prefirieron abandonar sus cultivos y vender el suelo para que construyan urbanizaciones nuevas. “Es más rentable, Hidalgo. Esta es tierra inerte. Nadie se explica el milagro de tu huerto”, me dijo mi amigo Heredia, que aún conserva su viña, aunque ya sólo pisa uvas para regalar, y no más de cinco o seis toneles, que se fatiga enseguida. Esa es otra. No he dejado de ver a mis viejos amigos, que terminaron por acostumbrarse a quedar siempre en mi casa. Para ellos preparo banquetes de hasta tres platos y postre, como comíamos en otro tiempo, nada de ensaladas de acederas ni espinacas cocidas con poco aceite, sino buenas raciones de carne, chuletones de vaca que me dejan a la mitad, chicharrones de cerdo que rotundamente rechazan porque mis viejos colegas de juventud andan ahora analizándose el colesterol y el azúcar, y ya no beben como antes ni son capaces de acercar una silla a la mesa sin arrastrarla. Les agradezco que me cuenten el mundo de afuera, aunque discutamos tanto y se hayan vuelto tan viejos. Al milagro de mi huerto le achacan también que yo no haya criado una arruga en estos veinte años de encierro, ni haya estado enfermo nunca, salvo la vez que asomé media cabeza por la puerta de entrada para reclamarle algo al cartero y, al instante, me volvieron las palpitaciones y la asfixia, me faltó el aire como si me lo chuparan de adentro de los pulmones, pintándoseme también, en ese mismo momento, un mechón de canas en el flequillo expuesto fuera de la casa, todo en ese segundo que tardé en reaccionar y echarme para atrás y cerrar la puerta para que el olor de las plantas me insuflara otra vez todo el aire de golpe, como al ahogado que rescatan del mar que reaniman con oxígeno. Ese mechón de pelo blanco permanece, como para recordarme el peligro de salir afuera. Cuando se lo cuento a los amigos me dicen que bebo mucho, para la edad que tengo. Mi mujer, que es quien me provee de lo que necesito de afuera, los manda callar con la dulzura del confite de angélica y me mira conociendo el secreto. Fue ella quien me dijo que Abel, mi nieto, iba a pasar unas semanas en casa.
Como a cualquiera de los viejos que conozco, lo que me redime de la edad es tener algo que enseñarle a alguien, aunque sólo sea la simple consecuencia de los años. Abel es mi mejor alumno: estimulante como raíz de zarzaparrilla, imprevisible como las adelfas que embellecen los barrancos, animado como las abejas en un campo de melisas, cuando quiere puede ser ácido como el arándano o tierno como un brote de mostaza. Yo quería enseñarle a labrar el huerto.
Supongo que para un niño de su edad, seis años, cualquier actividad nueva es una aventura maravillosa. Abel se despertaba casi antes que yo, con el nerviosismo acortándole el sueño, impaciente porque yo no estuviera ya listo. Casi le sobraba el tazón de leche, las tostadas de manteca con tropezones de lomo. “Esta grasa la quema el huerto. Es como si volviera a la tierra donde creció la hierba que se comió el cerdo. Toda la vida se alimenta de más vida”, le digo, poniéndole otra vez la mascota de felpa en la cabeza para protegerlo del engañoso sol de primavera. El gorro le baila y se le cae a la frente. A ratos anda a ciegas pues ocupa sus manos en no tirar la bandeja con los plantones de rábano, de apio, de perifollo oloroso criados en improvisados envases de yogur, latas de conserva o moldes para el hielo. Al abrir la puerta le levanto la visera para que disfrute del cuadro que la luz enjalbegada de la mañana dibuja del huerto: los leves plumones del eneldo, las flores azules de la borraja, la pelusilla viscosa del beleño blanco, el verde perenne del laurel, ahora florido en umbelas amarillas, las cabezuelas rosas al final del fino tallo del ajo, las nubes de amarillo verdoso con que florece el pie de león, el verde bronceado del hinojo. Abel mira ese océano con el asombro de quien descubre en el mar algo vivo. Le digo que despabile, que hay trabajo.
El huerto requiere atención siempre, incluso cuando acabó la recolección, en el invierno. Eso debe ser lo primero que aprenda: que la vida no se interrumpe, no se toma un descanso. Hay que preparar el terreno, sembrar, cuidar el desarrollo de la hortaliza y recogerla, para volver a airear el suelo y darle la consistencia adecuada para otro ciclo, una y otra vez, encadenando un año tras otro. “Ahora acércame la regadera. Cada planta necesita un cuidado distinto, su riego, su orientación, igual que cada vida es singular, que no hay dos personas que compartan la misma vida, como dicen, por muy juntas que estén, mira a tu abuela y a mí, ella conduciendo su coche por sabe Dios qué derroteros y yo sin salir nunca de casa, plantado aquí como un ciprés, y nos llevamos bien, lo mismo que hay plantas compañeras, que se ayudan a crecer unas a otras, por ejemplo la cebolla con la manzanilla o el tomate van bien; en cambio, hay plantas que se ahogan entre sí, que se estorban, el pepino mata a las hierbas aromáticas, son antagónicas como muchas personas que se hacen daño. Hay que conocerlas para saber cuáles puedes juntar. Porque lo que es bueno para alguien puede ser malo para otro. Mira la acelga que crece lustrosa junto a las calabazas pero se mustia si plantaste cerca unos rábanos. Nadie es malo o bueno del todo, no te fíes. Hasta algunas malas hierbas sirven para ensaladas, ahí mismo tienes mastuerzo y, más allá, verdolaga; muchos las tienen por maleza y las arrancan”, y le señalaba a mi nieto cada planta que nombraba.
El huerto se organiza por esas afinidades. Canteros de tierra suelta y esponjosa ya listos para la siembra, protegidos del viento con arbustos de jara o de tomillo. En el centro, el suelo más seco, para las que necesitan mucho sol, los brotes escamosos del espárrago, las aterciopeladas hojas grises de la salvia, los frondosos matojos de albahaca; en cambio otras, como la menta o el estragón, buscan la sombra de las tapias, una tierra húmeda para progresar. “Tienes que aprender a tratarlas una a una, con consideración y conocimiento. Darles, en cada momento, lo que esperan de ti porque, no te engañes, su vida depende de cómo respetes sus peculiaridades. Los amigos, y el amor cuando te llegue, los conservarás en tanto no olvides ese mismo respeto. A las de semilla fuerte, como la calabaza o el ajo, plántalas de asiento, directamente en la tierra; para las de semilla pequeña utiliza almácigas donde empiecen a crecer y después las transplantas, pero no con calor sino anocheciendo, trátalas con cuidado. Y no tengas prisa nunca, ni con las plantas ni con las personas, que algunas germinan lentamente, como el perejil, y otras necesitan sembrarse más tarde, cuando se caldee el suelo. Lo del riego es igual: el agua la necesitan todas las plantas, pero no en la misma medida. Que no se te pudran los tomates o se te vuelvan correosas las zanahorias por exceso de agua, pero no los dejes tampoco secarse. Si yo a tu abuela le prohibiera salir por ahí, o ella me obligara a destruir el huerto, por contestarte sólo a lo que me preguntaste antes sobre lo peor que podría ocurrirme, los dos nos perderíamos poder contarnos lo que hicimos cuando el otro no estaba, y eso nos secaría por dentro, pero tan malo sería que ella me exigiera acompañarla afuera o que yo la coaccionara para trabajar el campo, los dos nos moriríamos de tristeza, morirse de verdad, te digo. Y ahora a trabajar, basta de charla”, le digo al niño que me mira embelesado. Me pregunto qué crecerá en esos ojos de níspero.
Abel ha tomado por su cuenta la carretilla y hace carreras por entre los bancales plantados. Ahora persigue a un gato, luego se sube a una higuera con las ramas achaparradas. “Tengo que podar ese árbol”, pienso, mientras con la azada excavo algo más hondo el hoyo por donde circula el agua. Termino con eso y tomo el rastrillo para distribuir más uniforme la capa fina de tierra levantada por el viento; después, otro rato, para mullir el suelo con el bieldo, para hacer una escarda muy ligera que mantenga la tierra suelta. Aprovecho para aporcar las plantas más expuestas a la ventisca acumulando un poco de tierra al pie de las mismas. Agachado así, elimino con el legón las hierbas que impidan crecer las hortalizas. Me levanto para repasar el buen estado de los tutores de cañas con los que sostengo los tallos trepadores del guisante para que no toquen el suelo; con las tijeras de podar recorto las listes de la planta. Ahora hay que extender los tubos para el regadío. Llamo al niño porque sé que le gusta jugar con el agua. “Tú te encargas de la regadera. Hay que evitar el riego cuando el sol está alto porque el calor evapora el agua y a la planta no le llega. Hay que dosificar. No intentes vaciar el recipiente de una vez porque cualquiera se satura con el exceso. Tampoco rocíes directamente las plantas porque las pequeñas gotas son como lupas que queman las hojas. No te olvides de tratar lo que te rodea con delicadeza. En todo momento. Deja que el agua se entibie cuando la saques del pozo, no la uses enseguida porque estará muy fría. Deja reposar también tus reacciones, nunca te lances en caliente sobre algo o sobre alguien. La precipitación puede hacer mucho daño. Y ahora, a regar”. Y Abel dibuja círculos de agua sobre las gruesas vainas de las habas, sobre las yemas recién nacidas de lo que serán apetitosas achicorias, nabos o calabazas. El niño imita la lluvia.
Así cada día, hasta que el calor aprieta. El trabajo del huerto se interrumpe hasta el atardecer, cuando el siguiente riego. Y cada día, Abel parece más contento, le habla a las plantas como a un cachorro. No tengo que repetirle las instrucciones. Así que, cada día más, él está en el huerto como si siempre hubiera vivido aquí. Yo, a veces, no lo veo en toda la mañana, porque el campo es grande y tiene recovecos donde esconderse. Por eso mismo, esta mañana no lo eché de menos hasta que subió el calor y ya era imposible faenar en nada provechoso. Lo llamé pero no respondió. Mi mujer no vendría hasta la noche, así que estaba solo. Pasó una hora, dos, llegó el hambre anunciando el tiempo de la comida y no aparecía, ni ningún ruido lo delataba oculto entre la montaña de rastrojos o dentro de la casa. El pozo estaba cerrado. Sólo entonces me fijé en la puerta abierta y supe que el niño estaba afuera. Mi mujer no vendría hasta la noche, pensé otra vez. Y al miedo a que Abel se perdiera, o sufriera cualquier daño, se le oponía mi propio miedo a salir para morirme. Probé a llamarlo desde el umbral mismo de la puerta. Nadie respondió. “Abel, no le des este susto a tu abuelo”, grité. Pero el niño no aparecía. Así que tenía que ir a buscarlo. A las personas, como a las plantas, hay que darles, en cada momento, lo que esperan de ti, le habías dicho. Mi nieto tendría miedo y estaría esperando que lo salvara. Todo lo que enseñas se queda en nada, en palabrería de viejo, si después no lo cumples, pensé. Y salí de la casa a buscarlo. A pesar del dolor en el pecho, a pesar del globo hinchado de gas que me empujaba las costillas hacia adentro, a pesar del ahogo, de la falta de aire, salí a buscarlo. Las piernas se me doblaban como un junco partido por el viento. Era como si andara sobre un plástico de invernadero que cubriera un río de agua. Todo el camino parecía hundirse con mis pasos. Los pies hundidos en aquellas arenas movedizas con las que ahora asfaltan los caminos. A pesar de esa inestabilidad que me podía romper las piernas en cualquier momento, dejarme tirado en ese fangal por el que debía estar caminando, lo seguía buscando. La visión también se me había nublado. Delante de los ojos se me movía una niebla en donde brillaban puntitos de luz, como los faros de un coche que estuviera muy lejos. Algunos moribundos hablan de atravesar un túnel oscuro en donde les guía una luz al final, que esa luz les atrae. Pensé que debía estar muriéndome. Porque ese era el ahogo que ya me tenía sin respiración, y las palpitaciones de mi corazón viajaban más rápido que el sonido, porque ya no me las escuchaba y eso debía ser lo más parecido a morirse, pensé. Tengo que encontrar a mi nieto, pensé también, y no era una sucesión de pensamientos sino uno solo. Todo al mismo tiempo: la nube que se aclara un momento, el corazón que se sosiega, el aire que me vuelve, el suelo que se estabiliza. Y en ese suelo, un reguero de hierbas crecidas milagrosamente, ajenas a las estaciones, a los cuidados, al riego. Dentro del camino crecía ante mis ojos otro camino de brotes de romero, ruda, orégano, alcaravea, cebollinos, apios de montaña, mejorana, poleo, ajedrea, hierbas que llevaban hasta Abel, hasta las manos de Abel, el niño que había comprendido mi secreto y ahora había decidido ampliar el huerto.

Publicado en "La Cuerda floja" (FMC Algeciras, 2004)


  

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