Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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FOTO EN LA LUNA

Vi la foto en una exposición en el Círculo de Bellas Artes. La sala estaba casi a oscuras, salvo por las tulipas que enfocaban directamente las fotografías de la Luna, de gran tamaño y algo artificiosas, como primerísimos planos de una pelota de golf muy golpeada que el ordenador hubiera retocado para convertirla en uno de esos mapas lunares que colgaron de mi habitación familiar hasta casi mi marcha de casa. Mapas que detallaban los cráteres del Mar de la Tranquilidad o el de las Tormentas como si no renunciaran a su utilización futura como mapas de viaje que orientarían, en esos vericuetos de lagunas secas y montañas engañosas, a los niños que éramos entonces cuando dejásemos de serlo y llegara el tiempo en que se haría, con naturalidad, turismo por el espacio y fueran necesarias buenas guías y unos mapas precisos para no extraviarse en la práctica de alguna suerte de senderismo lunar, por ejemplo. Lo decía mi padre: “La Luna se llenará de ciudades y de carreteras. Todo cubierto por enormes burbujas de aire, porque allí no hay atmósfera. Eso lo verás tú, yo no”. Y pasaba, a continuación, a describirme las burbujas con su exitosa industria de bosques productores de oxígeno, la maquinaria de cultivos bajo plástico, los prados artificiales donde pastaría un ganado con algo de prehistórico, porque aquello era como la refundación del mundo sin sus errores, decía. Muchos años después, allí estaban las fotografías que habían tomado los primeros astronautas de aquél desierto con horizontes de muelas gastadas, todavía inasible, inhóspito. Imágenes del compañero al volante del Rover Lunar posando como en una exposición de prototipos de coches deportivos, coches extravagantes que no compraría nadie; o el mismo astronauta ahora portando un botín en forma de bolsa de rocas mirando a la cámara, quiero creer que sonriéndole desde dentro de la escafandra, como en cualquier otra instantánea, aunque desprovisto de su rostro humano por el cristal oscuro de su propia burbuja de aire, cegado por los reflejos de la claridad lunar; o la serie obsesiva de fotos de las propias huellas, una repetición enloquecedora de aquella soledad sin tiempo donde el orto de la Tierra sobre la Luna parece una equivocación del anochecer, un mal sueño. Imágenes todas ellas sin duda más espectaculares que la de la fotografía que me cautivó, la que me haría volver allí todos los demás días de la exposición, mientras duró, para seguirle a continuación el rastro a esa foto que se terminó convirtiendo en una de esas obsesiones que uno espera le expliquen la existencia, nada menos. Pero no quiero parecer exagerado. Debo aclarar que desde mi divorcio yo estaba muy dispuesto a cambiar una obsesión por otra. Sobre todo si la nueva era con alguien a quien no conocería en la vida.
Alguien (que, considerando las circunstancias, sólo puede ser el propio astronauta, o su compañero) fotografía una foto tirada en un suelo de arena y pequeñas piedras que en nada difiere del de una playa terrestre, incluso en el surco que, en el ángulo superior izquierdo, ha dejado el neumático del vehículo lunar, tan parecido al de una motocicleta de trial en los bancales de la orilla, o de la pisada de los zapatones del astronauta, que ha entrado en el encuadre como la huella de unas zapatillas de marca corriendo por la arena que destapa la bajamar. Y, en esa playa, alguien fotografía un papel en el suelo, o la bolsa de un supermercado, inmortalizando un momento que sólo dura lo que un golpe de viento, porque en la tierra la eternidad es así de efímera y a una cosa le sustituye otra, un clavo que saca otro más viejo. Era la foto de una foto pequeña enfundada en plástico, con una protección que ya no era la de la basura que puede abandonarse en una playa. Y era precisamente esa funda la que descubría la importancia que, quien fuera, le daba a esa foto más pequeña, el retrato de una familia. Una foto lunar de una foto terrestre. Aquí hay una historia, me dije. Y me dispuse, como diversión primero, ir abriendo las sucesivas cajas que encerraban ese sorprendente hallazgo. Una pequeña explicación acompañaba a la imagen: “Charles Duke, Apolo 16. Fotografía de la familia Duke sobre la superficie lunar. 16-27 de abril de 1972. Imagen en color por técnica digital directa. 62.2 x 62.2 cm”. Observé mejor el retrato: sentado sobre un ancho butacón rojo está el padre, sin chaqueta, sólo una camisa blanca recién planchada y una corbata oscura, y a su lado la madre, con vestido celeste y un pañuelo azul al cuello; sentado entre los dos, está el hijo pequeño, de unos cuatro años, de pelo muy rojo, pantalones a cuadros; a su lado, de pie entre las piernas del padre, el otro hijo, de unos nueve años, con corbata también, camisa azul clara, pantalones formales. Debía ser verano pero al fondo de la foto se ve un sólido verde vegetal de césped bien regado. El color que anunciaba el cartel estaba sólo en el retrato, resaltado aún más por el gris lunar, como si todo el paisaje no fuera más que un logrado paspastur para enmarcar ese momento feliz de familia entrañablemente unida, pensé, con cierto rencor reciente.
Abrí la tapa de la primera caja, la más fácil. El padre del retrato era el propio astronauta, Charles M. Duke Jr.. Lo imaginé madurando la idea, explicándosela a los demás en una cena solemne, porque debían ser una familia que tuviera esa costumbre, cenar sentados a una mesa, y no la de comer como bandidos que saquean el frigorífico a rafagazos de hambre antes de encerrarse otra vez en las habitaciones, vigilando los hijos de no encontrarse a los padres para no tener que recibir explicaciones tontas, o viceversa, además de huir el uno del otro para no inventarse más patrañas sobre cómo vamos a arreglar lo nuestro. Como si habláramos de un electrodoméstico averiado o de una cuenta pendiente, otra más. Una cena, pensé, o una de esas excursiones al campo, para decidir lo de la foto. Y después, elegir entre el jardín o el interior de la casa, todos delante del microondas o del televisor para que en el espacio conocieran nuestra tecnología. Pero mucho mejor el jardín, la confortable calidez del verano terrestre en las urbanizaciones de los suburbios de lujo frente a la aridez sin estaciones del cosmos, infinito también en incomodidades. Todos delante de la cámara automática, acompañando a papá en su viaje. Un trozo de la vida dejada aquí en una foto. Igual que el camionero que coloca un portarretrato de su familia en el salpicadero del vehículo con el consejo de que no corra y de que vuelva pronto, el astronauta se llevó consigo su foto. Papá, ven pronto. Pero hay algo más. Imagino, después, al astronauta explicándole su idea al responsable de la NASA, ya más reacio a las excentricidades por muy familiares que sean, la dificultad de cambiar ni siquiera en eso un proyecto medido al milímetro, la concesión en fin de ese pequeño capricho, la burocracia para conseguirlo, la necesaria esterilización de la foto para no introducir bacterias terrestres en el satélite en el que se buscan indicios de vida, la obligación de la funda de plástico no tanto para asegurar la conservación de la foto sino para proteger a la Luna entera de los posibles efectos perniciosos de esa foto.
Encontré en un viejo libro sobre la conquista del espacio algunos datos sobre aquel astronauta, que resultó ser el décimo en pisar la superficie lunar de un club exclusivo de doce hombres. Eran datos, a esas alturas ya, insuficientes para mi interés, además de atrasados porque el libro se interrumpía en el último vuelo del programa Apolo, y las biografías sólo se referían a las incidencias de esos vuelos. Supe así que Charles Duke nació en algún lugar de Carolina del Norte llamado Charlotte un 3 de octubre de 1935, que tenía 36 años cuando llegó a la Luna (y le supuse esa misma edad en la foto, días antes de que lo aislaran para la misión) y que su empleo era el de vicecoronel de la Fuerza Aérea cuando pilotó el Módulo Lunar, que era su cometido dentro del Apolo 16. Él y el comandante de la misión, John Young, alunizaron el 21 de abril de 1972 en las montañas de Descartes. Además, en un dato que me supuso todo un regalo, decía que estaba casado con Dorothy Meade, de Atlanta. La mujer del pañuelo azul, que adquiría así una presencia propia, como si el sólo descubrimiento de su nombre le insuflara a su imagen dormida un soplo de vida. De las cuatro personas del retrato, dos empezaban a recuperar su alma, pensé con escalofrío. Había otra información que me interesaba: Duke había sido el astronauta en tierra encargado de las comunicaciones con la cápsula del Apolo 11 durante el primer descenso a la Luna, la voz de la Tierra que le preguntaba a Neil Armstrong por el nuevo mundo haciendo de portavoz de la curiosidad de todo el planeta. La voz que le advertía de las reservas de combustible, del buen funcionamiento de los monitores, del cálculo de las trayectorias, llevando al espacio esa inquietud de muchos. Él era Houston en aquel diálogo entrecortado que seguimos por televisión. Y si el astronauta que primero pisó la superficie lunar, el que primero vio aquella desolación que tenía también el nombre del éxito, pasó a la Historia, la voz que primero lo felicitó se hizo cada vez más anónima en los documentales, se olvidó enseguida en las pequeñas memorias de bolsillo donde almacenamos las emociones sólo el tiempo que duran. Cuando el gran paso para la humanidad yo tenía diez años. Me había quedado dormido ante la pantalla (porque en esta parte del planeta era una madrugada de verano, como en otro país sería ya el mediodía, o en otro un día antes en pleno invierno austral, variando los recuerdos en cada caso). No entendía muy bien ni el nerviosismo entusiasta de mis padres ni la desconfianza con la que algunos anunciaban una cadena de catástrofes a consecuencia de estar toqueteando allá arriba, porque el que el hombre llegara a la Luna no me parecía algo tan extraordinario considerando que no debía estar tan lejos lo que se veía tan grande desde aquí abajo. Cuando se acercó el gran momento mi padre me despabiló sacudiéndome los hombros: “Vas a vivir un día histórico. Para contárselo a tus hijos”. Pero más que las imágenes del hombre poniendo solemne el pie en el suelo, o del mismo hombre moviéndose con saltos dificultosos por toda la escena, recuerdo el ajetreo a esas horas tan extrañas, el ruido de gente despierta en las otras casas, la fascinación de poder ver la televisión tan tarde. Eso era lo extraño. No el viajar a la Luna sino que se pudiera ver por televisión, que alguien retransmitiera en directo esas imágenes desde allí. O que alguien pudiera hablar, desde la Tierra, con los exploradores de la Luna, y que éstos le contestasen como si estuvieran al otro lado del hilo telefónico. ¿Quién había clavado los postes de ese tendido?. Esas nimiedades a las que nadie parecía dar importancia. Y no había nada más sorprendente, para un niño, que la ausencia total de viento que obligaba a pintar la bandera en una chapa, o lo ligeras que se volvían las personas y las cosas allí, como tocadas por el embrujo de las plumas. Para que la ciencia se encargue luego de poner orden en ese encantamiento. Otra pérdida, supongo. Recordé: “Luz de contacto. Paro el motor. El Águila ha alunizado”. Y Houston nos felicitaba.
Encontré de nuevo la foto, ahora a la venta y firmada por el propio Duke, en una extraña tienda que comercializa productos vagamente mágicos. Desde barajas del tarot a amuletos exóticos, libros para curar con hierbas, pirámides egipcias, brazaletes relajantes, o piedras lunares en un apartado dedicado al espacio. Allí estaba la foto, junto a otra imagen que se hizo mucho más famosa del mismo Apolo 16 y en la que muchos han creído ver la aparición de un claro ovni en uno de los reflejos. Ya fuera porque esta creencia le ha otorgado a los astronautas de la misión cierta fama como testigos de algo sobrenatural, obligados al silencio, cuando no partícipes ellos mismos del suceso, la tienda ponía a la venta copias firmadas de la foto del retrato, sin aclarar sus posibles propiedades milagrosas. La dedicatoria decía: “Mi tributo lunar para Dotty, Charles y Tom. Montañas de Descartes. 23 Abril 1972”. Supuse, sin más argumento que la costumbre de poner el propio nombre al primogénito, que Charles era el hijo de nueve años, con corbata y pantalones de hilo, el que transmitía la formalidad con la que se educaba esa familia, el sucesor; Tom, en cambio, debía ser el pequeño del pelo rojo, todavía sin domesticar del todo, el último hijo al que se le disculpan las barrabasadas que cometa porque éstas también alargan, en lo posible, esos años de la infancia en que los padres vampirizan la extrema ingenuidad y la simplificación del mundo que hacen sus hijos, encerrándose con ellos en su misma concha de protección, pensé, acordándome de mis propios pequeños, que no entendían que yo ya no quisiera a su madre, siendo su madre la mejor mujer del mundo y habiendo sido todos tan felices, como si esa palabra tuviera que durar siempre y siempre tuviera que significar siempre lo mismo. ¿En qué momento se rompe la concha?. Miré otra vez la fotografía. En alguna parte había leído que en la Luna no hay tempestades ni ningún otro fenómeno atmosférico que borre el paso del hombre por allí, protegido por una inmortalidad de museo de cera, de modo que aún siguen a la vista las pisadas de escayola de los doce astronautas, incluyendo la primera huella de Armstrong, o la bandera ondeando sin viento que vi con diez años, o el material inservible que no había que traer de vuelta, o esa misma foto que Charles Duke había querido llevar hasta allí sabiendo que ese momento juntos permanecería para siempre, en una medida del tiempo también distinta a la terrestre, porque siempre allí significa siempre, como desean los niños. Pensé que también él quería preservar intacto ese momento. Compré la foto. Ya en casa la pegué a la luna del espejo del lavabo, junto a una de mi propia familia rota. Mi foto en la luna. Al mirarme en el espejo veía lo que yo era con ellos, lo que podría haber sido con otro final feliz, lo que soy realmente. No sé si me hacía bien pensar en esas cosas.
Mi siguiente descubrimiento tuvo algo de fortuito. Estaba preparando unos listados de libros norteamericanos para la editorial donde trabajo cuando encontré su nombre como autor de lo que parecían unas memorias, Moonwalker. El caminante de la Luna. Como debía ser el mismo Charles Duke de la fotografía encargué el libro. No era la primera vez que había seguido otras pistas falsas, como cuando estuve recopilando noticias de un tal Chales Duke, senador de Texas y furibundo antisemita, que por fortuna resultó ser otro. A esos intentos fallidos que también alimentaron mi obsesión no voy a referirme más que para decir que hubo muchos y que si sólo cuento aquí los aciertos nadie debe pensar que lo tuve fácil. Al contrario.
Su libro, como esperaba, me permitió acumular mucha información de esa que cualquiera calificaría de inútil. Es verdad que empezaba a dar vueltas sobre lo mismo, como quien traza garabatos en un papel para calentar la tinta reseca de un bolígrafo. En cualquier momento podría salir algo de todo aquello que me sirviese. Charles Duke repasaba su preparación, su experiencia en el programa espacial, la minuciosa descripción del vuelo en aquella nave que iba rompiéndose en pedazos programados a medida que cada uno de ellos cumplía sus fines, el amerizaje a unas millas de la isla de Pascua del último de aquellos gajos, el módulo de comando, el regreso a casa (pero no hablaba de su verdadera casa, ni del jardín donde lo esperarían los suyos para seguir haciéndose nuevas fotos, sino del planeta), los honores especiales que todavía duran, su retirada como astronauta en el setenta y cinco, su otra carrera como empresario de éxito en el negocio de la cerveza, su vida presente en New Braunfels, Texas. Hablaba también de la foto, naturalmente. Contando cómo fue tomada con una Hasselblad incrustada en el frente de los trajes espaciales, a la altura del pecho, una cámara de enfoque manual con un pequeño motor para hacer avanzar la película, que requirió también de horas de entrenamiento en tierra para acertar con los encuadres, para no desperdiciar ninguno de los valiosísimos carretes, porque allá ningún error podría remediarse. El caminante de la Luna portando su relicario de plástico para dejarlo caer sobre las playas de Descartes, premeditadamente entrenado para que la foto que flota, por la falta de gravedad, a cámara lenta, caiga donde debe y él accione el mecanismo que inmortalice ese momento que ya se quiso eterno en el jardín de casa. ¿Qué pensó el astronauta durante esos segundos en que su foto también voló por el espacio?. Pero si el libro me sorprendió en algo fue en sus últimos capítulos, cuando cuenta su propia conversión en predicador, tres años después de retirarse como astronauta, siete años después de pisar la Luna. Yo tenía esa fascinación por las fechas porque creía que ellas hilarían por completo la historia que buscaba. Él daba una fecha para su conversión, el año 1978, no el anterior ni el siguiente, no esa década inconcreta donde abandonamos la inocencia. Ni siquiera el majestuoso aislamiento al que lo sometió su viaje lunar, o el mismo paisaje de gigantesca catedral destruida que es todo el satélite, pudo sobrecogerlo más que algo que le pudo pasar aquél preciso año. Aunque después, en su libro, él hable de la inmensidad de Dios que es como el silencio que hierve en los cráteres muertos de la Luna, o de que la desolación de los que no conocen la palabra de Dios es como la que siente el hombre cuya vida depende de la bombona de aire de su escafandra, o de que a él lo envió el Señor al espacio para predicar luego la pequeñez del planeta, como una cereza en los dedos de Dios, o mejor una semilla de cereza, o una mota de polvo en la semilla de la cereza que Dios puede limpiar de un soplido. Así, el caminante de la Luna, que jugó a ser un dios doméstico que creó la eternidad para la felicidad de su familia, no cuenta qué ocurrió aquel 1978 (si es que le sucedió realmente algo y no el aburrimiento insufrible que debe sentir quien tuvo la luna, cuando no la falta de algún peligro que amenazara esa misma felicidad). ¿En qué momento dejé de querer a su madre?, me había preguntado mi hijo de cinco años. Yo no había dejado de quererla, le mentí, pero ahora esa palabra significaba otra cosa. El problema de explicar lo que significa cada cosa en cada momento: la felicidad, querer, siempre. En 1978 yo empezaba unos estudios que no terminaría nunca, no tenía novias ni hazañas pasionales de las que poder exagerar con el tiempo, salía con amigos tan indolentes como yo, embrutecidos por una cierta pereza de pequeño formato, una fruslería de flojera que encadenaba un día a otro sin remordimiento. Bien pensado no rescataría ni un sólo recuerdo de aquel año, tan anodino como los que le siguieron, puedo reconocer ahora con cierto vértigo. Ninguna foto, tampoco. Aún faltaban diez años para conocer a mi mujer, casi veinte para que nacieran mis dos hijos. ¿En qué exacto momento el amor se apaga, lo damos por inservible?. Un contrato que vence sin que se hayan cumplido todas las condiciones. Eso es. ¿A quién se le reclaman los incumplimientos?. El astronauta era capaz de dar la fecha de su conversión pero no añadía más que vaguedades a sus motivos, yo conocía los míos pero no podía acertar la fecha de mi apostasía. (Quizás el 22 de noviembre, jueves, cuando no encontramos un taxi para regresar a casa tras la cena fuera y se nos hizo interminable ese paseo juntos en silencio; quizás, el 2 de octubre, noche del martes, cuando saltó el fusible de la instalación eléctrica y no me pareció urgente su arreglo, caído otra vez en la desidia contigo; quizás, el 31 de diciembre, un fin de año en que te acostaste temprano porque no tenías nada que celebrar; quizás cualquiera de esos días de erosión pacífica). Al astronauta lo había tumbado un rayo en su particular camino de Damasco por un desafío que le hizo su mujer, Dottie, en una cancha de tenis: “¿Caminarás al cielo o al infierno?”. ¿Cuántas veces nos puede acertar el rayo?, me sigo preguntando.
Durante todo un año no supe nada más de aquella foto en la Luna. Había dejado de buscar convencido que la historia acababa así, con el pobre astronauta iluminado para siempre por aquellos tres días en que caminó sobre la Luna, predicando la palabra de Dios por esos mundos que él vio desde arriba. Su locura, si era tal, había tardado siete años en manifestarse. La foto seguía en el espejo, pero dejé de verla. Como los mapas lunares de la infancia, como los amigos haraganes, como los días felices. Mis cicatrices, más o menos cerradas, sólo me dolían con los cambios del clima. Es decir, dolores impredecibles. Una tarde, una pareja de jóvenes extranjeros, predicadores también de alguna religión muy cristiana, me ofreció una revista, Poder para Cambiar. No suelo detenerme en esos casos, ni abrir la puerta a nadie que me anuncie de lejos que vende algo, aunque sea la mismísima salvación eterna, pero toda regla tiene su excepción, toda voluntad su momento débil. Como no quería discutir con ellos, acepté la revista y quedé en que ya la comentaríamos al día siguiente, en el mismo sitio. Mi ejemplar debía entrar en la cuota de los que nunca se recuperan pero siembran una semilla de enmienda. Ya en casa, la ojeé con curiosidad. Allí, junto a otras confesiones de fe, estaba la de Dottie Duke. La historia de Cenicienta, la titulaban.
Era la mujer que, en la foto, se vestía con el mismo color del cielo, discreta incluso en la mínima coquetería del pañuelo azul al cuello, un brochazo de estudiada sencillez para acompañar al marido en ese momento que él ya le habría descrito como crucial ante la cámara, imperecedero. Esa mujer tenía algo que decirme. Y, como en cualquier otro relato de redención, empezaba describiendo su particular infierno. Se había casado en el sesenta y tres con el joven Charles, entonces piloto en una escuadrilla de cazas y estudiante de ingeniería aeronáutica, galante como un príncipe. Desde la boda, él se había centrado en su carrera, lo más importante de su vida. Es como si ella no existiese, aunque tuvieron hijos. Él era áspero con sus hijos. (Empleaba ese adjetivo para describirlo, alguien de tacto poco suave. Y me imaginé al astronauta volviendo a casa amargo, desabrido, gritón, impaciente, riguroso con sus hijos, autoritario. Pensé en los demás, temiendo la llegada del ogro). Él era parco con ella. Cuando lo seleccionaron para ir a la Luna, ella le creyó a él cuando le dijo que esa era la meta, el final, porque qué le queda por subir a un hombre que ha estado en la Luna. Se implicó con él, con su vuelo, con su sueño (que ella en la revista llamaba delirio, no sé si mejor traducido). Pero alcanzada esa meta se planteó otras nuevas, en una insatisfacción permanente. Ella pensó en el divorcio, pero era como reconocer que había perdido todo ese tiempo esperándolo, que se había equivocado y no podría llegar a cambiarlo nunca (porque hay quien cree que puede cambiar al otro, si le dejan tiempo suficiente; porque hay quien sigue junto a otro por menos). Y entonces contaba cómo se refugió en las drogas, o su convulsión enfermiza por el trabajo, o su obsesión por un suicidio cada vez más tentador que la librase de todo. Charles seguía sin querer ver cómo se hundía en el barro. Se salvó porque Jesús la sacó de aquella ciénaga usando el testimonio de otros creyentes una tarde luminosa en la iglesia, los brazos de Jesús que son fuertes como una polea la sacaron de allí, porque Él se apiadó de su debilidad y la levantó del fangizar en que se había convertido su amor, los poderosos brazos del Señor la alzaron como quien levanta un saco de virutas de serrín sobre la podredumbre de su amor, Él que es el Amor Universal la eligió a ella, la más miserable de las mujeres, para gritar que hay una salvación posible para el amor, Señor misericordioso, alabado sea el Señor.
Y era como si todo ese sermón me lo gritara a mí, el infeliz perseguidor de su foto, envejecida de pronto, triste en su eternidad. Allí hablaba de aquél esplendoroso 1978 en que volvió a nacer en Dios convertida ya en su fortaleza. La más fuerte de sus fortificaciones. Quien había vivido en las profundidades del ánimo subió a las alturas desde donde se domina el mundo. Cernida con las alas prestadas de Dios vio a su marido allá abajo, todavía en el lodo, insignificante en su ignorancia de Dios, y se apiadó de él: “¿Caminarás al cielo o al infierno?”, en un tono que yo leí completamente cargado de amenazas. Y él eligió, otra vez, el cielo (porque hay quien cree que el otro no llegará a cambiarlo tanto; porque hay quien sigue junto a otro por mucho menos). Y ella lo perdonó, y sus hijos lo perdonaron, porque la Biblia habla de usar las palabras para curar, no para herir. Ese era su testimonio.
Confieso que allí desapareció casi todo mi interés por la foto. Bastante tenía con las miserias propias. Además, la foto se me volvió incómoda, y quise olvidarla. Yo empecé a escarbar en la historia que escondía esa foto creyendo que buscaba alguna especie de salvación para mí (y ya es mucho coincidir en esa palabra con la familia Duke, pero es la más exacta), alguna salida para mi dolor por el divorcio, otro fracaso más. Pero me engañaba. La obsesión por la foto era una forma de embarrarme en mi infelicidad, de empantanarme en la comodidad de ese mismo dolor, que impide pensar ni vivir, como quien consigue detener el tiempo en una imagen, aunque sea infeliz, por el miedo a que sea mucho mayor el sufrimiento que aún queda por llegar, como quien se concede una larga tregua. Charles Duke se fotografió con su familia cuando lo odiaban. ¿No conocía él ese rencor?, ¿ni siquiera adelgazándolo al simple resentimiento por ese mal gesto suyo en el momento en que todos se preparaban para la foto?, ¿nunca pensó que estaba inmortalizando ese desapego?. ¿No prefería yo mismo mi dolor concreto de entonces al vacío más doloroso por venir, tener que empezar con alguien?. La foto ya no me servía. Otro error, quizás. Acabo de ver a la familia Duke por televisión en un reportaje sobre astronautas ancianos. Él, sesenta y seis años, dice el locutor, ojos aniñados, sonrisa a la cámara, corbata azul marino con el dibujo de una nave espacial con los motores encendidos, le echa el brazo por los hombros a una mujer de pelo blanco, vestido celeste, pañuelo azul turquesa sobre el cuello; a su lado, dos hombretones de treinta y tantos años, con aspecto de repartidores de bíblias. Le han preguntado si volvería a la Luna, y él sin dudarlo, ha dicho que sí: “Ahora mismo. John Glenn volvió al espacio con más edad. Y le fue bárbaro”.

Publicado en "Foto en la Luna" (Ed. Algaida -FMC Cádiz, 2003)


  

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