Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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FINISTERRE

Estáis ahí muertos
como si fuéseis a vivir toda la vida
(Alejandro Finisterre, en "Cantos Rodados")






Como otras veces, acepté hacerme cargo del proyecto para poner distancia y trabajo entre nosotros, para darnos ese descanso que parece reclamar cualquier situación insostenible. Así habías calificado nuestra relación, insostenible. Como si la dificultad de vivir con alguien fuera un problema de equilibrios, de manejar con extremo cuidado esos cajones donde guardamos lo mejor y lo peor del otro, apilados en algún remoto almacén de la memoria con la misma prevención con que preparamos a conciencia una mudanza. Esos cajones no se sostenían ya, me habías dicho. Y, en lugar de correr a apuntalarlos, porque ya van muchas veces que todo se tambalea, te contesté que sí, cuánta razón tienes, no vamos a hablar de eso ahora. Me habían ofrecido investigar unas traducciones inéditas hechas por León Felipe de poetas ingleses y norteamericanos, de las que daba noticia en un periódico español su albacea testamentario y amigo, Alejandro Finisterre. Eso significaba dejar el Colegio de México al menos un mes porque, para nuestro grupo de investigación, aquella noticia era como el descubrimiento de una veta de oro en una mina que se creía agotada. Y aunque, en este trabajo, no se producen avalanchas de colonos buscadores de oro cuando alguien encuentra una pepita, puede que la competencia no sea menos feroz, que es como te expliqué la urgencia de poner un océano entre nosotros justo cuando nos íbamos a pique. "Estás tensando mucho la cuerda", me reprochaste. "Yo necesito esa cuerda. Entiéndelo", eso fue antes de despedirnos. Y, como otras veces, todavía abriste un pequeño agujero en la empalizada que estábamos levantando para proteger el territorio de cada uno: "Escríbeme". "Tengo tu dirección electrónica, descuida", lo que no dejaba de ser una estupidez, más un reflejo que una respuesta, si consideramos que esa dirección es también la mía, uno de esos nudos en común que habría que ir deshaciendo si finalmente todo se va al traste. Cómo sería mi vida sin Palmira. Tenía todo el vuelo para imaginarme una vida feliz, enderezada, sorprendente, compartida, distinta. Ni siquiera tenía que esforzarme en mis falsificaciones. No me preocupé tampoco en trabajar sobre el supuesto motivo de mi viaje, las traducciones. Salvo la cita con Alejandro Finisterre, para dos días más tarde, iba con la agenda vacía, dispuesto a que un tren me pasara por encima, si hacía falta.
Don Alejandro me recibió en su casa de El Escorial con una vitalidad envidiable en alguien de casi ochenta años, el cuerpo y las manos grandes, de esas que sostienen un apretón franco mientras su mirada de gallego socarrón te hace pasar un primer examen minucioso. Ya habíamos hablado por teléfono de mi interés, pero creí cortés repetírselo, mostrarle que había viajado desde México sólo para poder estudiar esa carpeta de inéditos. "México, sí", repitió, con una ensoñación que parecía transportarlo a muchos años atrás, como si se reencarnase en una vida anterior pero conservando el privilegio de una memoria fresca: "¿Conoce usted los talleres de Gráficas Menhir, en la calle Galicia?. Allí he nacido muchas veces, si hay que hacerle caso a los que comparan un libro con un parto". Yo no conocía la calle Galicia, la imprenta sí, he tenido ejemplares suyos en mis manos: "Ya sabe usted que en el D.F. cabe el universo entero. En cuanto sales de las dos o tres colonias por las que te mueves, es imposible encontrar una calle". No estaba de acuerdo: "Antes sí, nos gustaba pasear. Pero no le he ofrecido nada, disculpe", dijo como volviendo a este tiempo. Estábamos los dos aún de pie, en ese trance de superar la inevitable incomodidad que nos provoca un desconocido. "No sé cómo llamarlo. He leído que su apellido no es Finisterre sino Campos Ramírez, pero nadie le conoce así", conté para aligerar ese momento. A él le debió hacer gracia que, de todas las trivialidades posibles para iniciar una conversación, yo hubiera elegido la de su nombre, que no nos llevaba a ningún sitio. "En mi casa, sí que me conocen", dijo soltando una de esas carcajadas suyas, amplias, de pulmón abierto, que llenarían la biblioteca, la casa entera, en los días siguientes a aquella primera visita, y por las que habría de recordarlo, ya lo supe en ese momento: "Llámeme Alejandro, a secas. Tenemos mucho trabajo juntos para andarnos con melindres".

Querida Palmira: El viaje va resultando un éxito. He podido cotejar los inéditos y van a suponerle a alguno más de una sorpresa. Hay imágenes deslumbrantes. Creo que continúan o cierran fogonazos propios, así que me recuerdan a algo ya leído en otros libros suyos. Tengo trabajo para largo: rastrear esa pista que igual se va por las ramas que me lleva a las raíces del árbol creativo del poeta. Su amigo, el señor Finisterre, facilita mi búsqueda. Ha resultado amable y excepcional, aunque ésa sea una palabra que requiere siempre demasiadas explicaciones. Excepcional es que yo te escriba como si fuera a verte esta noche y necesitara contarte antes todo lo accesorio, para así no tener que desperdiciar nada de ese encuentro. Aún sabiendo que no voy a verte, ni en ésta ni en muchas noches, ni que cuando leas que hablo de esta noche pienso en el horario de acá, que para ti será el del almuerzo, o que en tu noche yo me estaré levantando, en un día que todavía no te habrá llegado, para encontrar en León Felipe algo que me haga más comprensible la no necesidad de verte, la distancia voluntaria que ahora nos separa, que es la repetición casi infinita de un patrón acordado por las naciones, y no un abismo sin fondo entre dos conocidos que empiezan a dejar de serlo. Y a esa distancia física me encomiendo, como quien espera el prodigio de que los rompecabezas se recompongan solos, desde su estropicio. Pero tú, no dejes de contestarme.

Si algo me sorprendió de Alejandro Finisterre, y no tenía motivos para que eso me extrañase, era su sentido del orden. Seguramente la imagen de jovialidad, y hasta de desenfado, que algunos de sus compañeros del exilio mexicano exhiben en las entrevistas y documentales, me hizo esperar que ese vitalismo explosivo fuera incompatible con una vida ordenada, prejuicios míos. Su biblioteca tenía la pulcritud de las cajas de seguridad de los bancos suizos, la armonía de un coleccionista de miniaturas, la disciplina de un niño. Quiso empezar mostrándome los inéditos. De uno de los cajones de un viejo mueble de linotipista, extrajo unas fundas plastificadas con los manuscritos. Cada uno en su funda, e identificados por una clave de letras y números. Los depositó en una mesa redonda, en el centro de la sala, desplegando las fundas como quien abre un abanico: "Aquí los tiene: Eliot, Blake, Whitman, Dickinson. Unas traducciones soberbias", dijo orgulloso de mostrarme aquella joyería, todavía en sus embalajes, como recién traídas por el cortador de diamantes que las había escrito. "Le acerco una silla y les da un primer vistazo. Yo tengo que hacer", que así fue como él me invitó a romper los precintos, marchándose a su mesa de trabajo, bajo una mínima cristalera en la misma sala, a despachar una correspondencia de amigos y de libros que le enviaban jóvenes desconocidos. De vez en cuando, una de sus carcajadas parecía contestar alguna de esas cartas, y me devolvía de paso al mundo de los vivos, rescatándome de esa peligrosa somnolencia que parece contagiar las bibliotecas, todas bajo un mismo clima de brumas y oscuridad. Después de toda la mañana allí, o eso debía parecerme, una mañana entera que se me había escurrido entre los dedos, quiso que lo acompañase a tomar un vino. Quería que le contara novedades de México, algunas tan sorprendentes como saber la solución al conflicto de los repartidores de bombonas, que él había dejado pendiente cuando regresó aquí, ya sabes, esos bidones de gas que hay que subir a pulso cuatro pisos, no bombonas pequeñas como aquí sino bidones de cincuenta kilos, a pulso, ya ves. Como yo no había oído nada, ni siquiera que hubiera algún conflicto con el gas, que en casa llegaba regularmente, ni sabía nada que él no supiera ya de Chiapas ni del nuevo rumbo de la política y, ya puestos, muy poco sobre los escribidores del Zócalo, que yo creía algo pintoresco para enseñar a los profesores españoles de visita, pero no más que eso, gente taimada que rellena formularios administrativos y contesta cartas que acaban destruyendo la mayor parte de las veces, con menos literatura de la que les suponen acá y, en fin, como yo, a mi pesar, porque tampoco quería contrariarlo, no le siguiera en casi ninguno de sus intereses, él consintió en acabar hablando de editores y de libros raros, alguno producto suyo. "Sí que éramos bastantes los impresores españoles en el exilio. En mi caso yo había probado en otros negocios, que me fueron bien, y eso me permitía ciertas aventuras menos comerciales, publicar a los amigos. Había también mucho de familia entre nosotros, la distancia y la afinidad estrecha lazos. Ese tiempo, sí... Estaba Pepe Bergamín, y Altolaguirre, y Julio Sanz, y Juan Grijalbo, y Gorkín, sí, muchos", y otra vez la ensoñación como un cometa que se elevaba de sus ojos hasta incendiarse en el aire. "Debe ser un lujo poder decir que publicaba a sus amigos. Antes de venir, he repasado el catálogo de su revista Ecuador y es de infarto, si me permite la broma", le lancé sin dar ningún nombre aún, un poco por ver cómo los ordenaba él, cuál rescataba primero de entre la red de araña de sus afectos: "No creo que ninguno me deba nada, al contrario. Ellos publicaban conmigo porque eran mis amigos, me hacían ese regalo. ¿Se imagina a León Felipe sin editor?, ¿A Max Aub, paseando un manuscrito de puerta en puerta?, ¿a Juan Larrea, vendiendo una obra suya?". "Alguno de ellos no lo tuvo siempre tan fácil", le repliqué. "Ya, como cualquiera, pero a veces la vida, con todas sus iniquidades, presenta ocasiones para quien está despierto, obliga a eso. Le hablo de gente no sólo muy valiosa sino también con los pies muy en la tierra, sabiendo lo que querían y lo que sí y lo que no se puede hacer para conseguirlo", lo que me decía con un tono algo más elevado, sin dejar de ser amable, como quien subraya en un texto una frase que no debe olvidársele, una especie de fosforescencia en la voz que nos contesta. Así seguimos aquella confidencia que nos llevaba por un tiempo en que él era muchísimo más joven (es decir, peor, como quiso bromearme) y yo, si había nacido, andaría aún por los rudimentos de la lectura. Y, a cada pasaje nuevo, a cada nombre ilustre, él se interrumpía, o lo hacía conmigo, para mostrarme un poema de María Teresa León, un cuadro de Moreno Villa, o la primera y única edición que él hizo del Juego de Cartas, de Max Aub, 108 naipes en una caja de cartón magníficamente ilustrados por un pintor apócrifo, Josep Torres Campalans, que barajaban una novela en su reverso. "Permítame otra curiosidad, ya que lo veo tan interesado", dijo una vez más, rebuscando con entusiasmo en las estanterías: "Aquí está: Coplas de maldecir, plegarias y flornabos del tiempo y del espacio. La última publicación de la colección Ecuador, con dibujos de Picasso. Ande e indague, usted que es profesor, quién es ese misterioso Simplicio Revulgo que la firma". En el libro aparecía la fecha de 1977, casi dos años después de que Alejandro Finisterre volviese definitivamente a España, eso fue en diciembre de 1975, al mes de morirse Franco.

Querida Palmira: Ya veo que no has tenido tiempo de contestarme. Es ahora cuando uno agradece desconfiar de estos artilugios, tener una especie de fe al revés que me descarga algo de la angustia de no saber de ti, quiero creer que porque no has podido abrir mi último mensaje, que ya no está visible en la pantalla, borrado por ti o perdido en alguno de esos recovecos tecnológicos que hacen más cercanas las antípodas que nuestra propia casa. Hay algo de impostura en este correo electrónico que me obliga a escribirte a mi propia dirección, como si hablase solo. Pero peor aún sería ir a recoger mi correo y encontrarme con mi propia carta sin abrir, irremisiblemente caducada en su naufragio, ridícula de intenciones ante tu falta de interés, de diligencia. Pero no quiero que parezca un reproche, ya andábamos sobrados de ellos para ir a reproducirlos sin siquiera vernos. Se debió perder mi mensaje, no contenía gran cosa. Acá los días se suceden de vértigo y hacen que lo anterior parezca menos interesante. El señor Finisterre me tiene los ojos abiertos como a un chamaco. He podido leer al fin poemas suyos. Tras la antología que le sacó Libertarias se ha editado él mismo su último libro, dice que está acostumbrado. Las traducciones van siendo, cada vez más, una coartada para platicar con él, no deja de sorprenderme. Hoy, sin ir más lejos, me contó un intento de secuestro que padeció en Guatemala. Dice que se salvó por su `ingenio tragicómico´, y por los amigos. Habla continuamente de los amigos, me ha preguntado por los míos, por ti, quiero decir sin saber todavía si existías, si había una mujer esperándome. Le he dicho que sí, aunque no sé hasta dónde le he mentido.

"Lo de cambiar mi nombre a Finisterre es tan sencillo como que nací allí. Incluso podría decirle que nací dos veces en el mismo sitio, si eso no fuese jugar a la literatura con la vida de uno. Después de perder la guerra me obligaron a repetir la mili en uno de esos batallones de castigo donde encerraban a los que se habían salvado de la pedrea de las ejecuciones. Yo había pasado la guerra en un hospital de Barcelona, convaleciente de las heridas de un bombardeo en Madrid, así que de poco podían acusarme, aunque lo hicieron. Me mandaron otra vez a Finisterre, al fin del mundo, lo que, dadas las circunstancias, era como nacer de nuevo. Dicen que los niños al nacer recuerdan su vida intrauterina, que son capaces de nadar y respirar bajo el agua ayudados por ese recuerdo que les dura sólo algunos meses, porque enseguida la vida les sustituye esta habilidad por otras más adaptadas a su supervivencia. Yo pasé por eso, sólo que no he dejado de recordar cómo era la vida sin aire, ni luz, ni espacio, y con los sonidos del exterior embozados por la trampa de la madre que decía protegernos, la madre patria. Claro que, como cualquier recién nacido, hice uso de mi derecho a un nuevo nombre, el del fin del mundo, ya ve qué broma, ya que la vida me había conseguido esa prórroga, como si dijéramos un aplazamiento con la muerte. No tengo dudas de que a toda mi generación le pasó igual. Por eso desprecio tanto a quien desperdicia su vida". Esa mañana, Alejandro Finisterre había preferido no trabajar en los manuscritos. Se encontraba muy fatigado, me había confesado nada más verme. Ese cansancio, curiosamente, lo hacía más hablador. No fuimos a la biblioteca sino a un salón amplio y luminoso, en el primer piso, con dos butacones de piel oscura orientados al calor del Sol de Levante, asientos que llegaban a engullirte entero, como si las orejeras o los reposabrazos se cerraran sobre ti como las hojas de una planta carnívora que te sometiera a los efectos de alguna adormidera antes de devorarte, y era esa misma tibieza la que parecía buscar mi anfitrión al acercar aún más su asiento a las cristaleras, sobre un jardín de buganvillas que a duras penas resistirían el invierno de la sierra, pensé, otro de sus pulsos con la naturaleza. "Hay algo que me interesa mucho del exilio republicano, y es su movilidad", le dije. Ya supongo que forzada por los imponderables. El primer número de Ecuador se publica en Quito, el segundo en Guatemala y los siguientes, ya en México, cuatro años más tarde. Parecen apuntar a una vida apasionante", y pensé sin quererlo en mi propia existencia sosegada, en mi puesto del Colegio de México, en Palmira, en la seguridad con la que me había movido siempre, nunca un paso en falso ni dado sobre arenas movedizas, cada ladrillo nuevo solidamente asentado en el anterior, sin cabos sueltos, ni grietas, ni burbujas en el cemento. Lo pensé en no mucho más de la milésima de segundo que dura un pensamiento que nos punza, antes de que él me contestase: &"Cambié Guatemala por los negocios. Y a lo mejor todavía sigo allí si no fuera porque intentaron secuestrarme para traerme a Madrid, como le dije, cuando el golpe de Castillo Armas, que quería congraciarse con Franco. Tampoco sé para qué iba a servirles a los de aquí. No dejaba de ser un editor como otros; aunque lo de los negocios debía hacerme parecer más peligroso. Escapé a Estados Unidos, donde también tuve mis problemas con la mafia, y ya sé que si le cuento esto va a parecerle que estoy novelándole una sarta de patrañas pero es todo cierto; esa vez mis problemas fueron sólo por el negocio, por no dejarme robar una patente, así que me instalé en México, que es donde terminamos la mayor parte de nosotros". Un cañón de luz le rebotaba en la cara, como el foco de un escenario que lo hubiera rescatado para el público, y yo era en ese momento su único público, de la rigurosa privacidad buscada en aquellos butacones mullidos donde se dejaba arropar por sus recuerdos, en aquella casa, en aquél pueblo alejado. Al volver no había elegido Madrid, a pesar de los muchos años viviendo en una ciudad tan descomunal como el D.F., ni su Galicia natal, sino un rincón agradable en la sierra donde nacer de nuevo, quizás. Siempre parecía más joven que su edad, incluso cansado como ese día. Cualquier evocación de esos tiempos pasados era, al verlo, más sorprendente. Parecía imposible. "Acá no le publicarían nada, supongo. En vida del dictador, quiero decir", le pregunté. "No, se equivoca. Yo vine a España para hacer una antología de poesía gallega en 1966. Ya ve, qué incongruencia. Apenas diez años antes me quieren secuestrar y ya que se olvidan de mí, porque entré con todos mis papeles en regla. Y la censura era igual de disparatada, de inculta. Es como si sólo supiese leer la letra extragrande, así que había que tener cuidado con los títulos. Yo tuve un éxito en su país con una novela, que igual no la conoce pero la película sí, seguro. Vendí muchos ejemplares de Su Excelencia, el Embajador, que hizo luego Cantinflas en el cine como Su Excelencia, así a secas. Cuando llegó a España dijeron que, de ninguna manera se podía estrenar una película con ese título, así que hubo que recuperar mi embajador para que nadie fuera a pensar que el tiranuelo era quien parecía serlo. Así que ya ve que yo también trabajé con el cine, aunque no sea algo tan conocido como lo de mi amigo Max Aub, que le hacía de dialoguista a Buñuel. Mario Moreno era un tipo excelente, de veras, víctima de muchos prejuicios". No dejaba de sorprenderme: "A quien le cuente allá que censuraron a Cantinflas, no va a creerme". Y él, con medio cuerpo fuera de la butaca, como quien se asoma a un balcón altísimo, me suelta en un exabrupto: "Y al mismísimo Cervantes Saavedra le prohibieron Numancia. Veinticinco ejemplares que llegaron aquí de mi edición de 1963, la del prólogo de Max Aub, no pasaron el visto bueno de Información y Turismo". Para añadir con retrechería: "No les faltaba razón porque la obra es una pura bomba incendiaria, la definitiva incitación a las masas que llevábamos siglos buscando". "La piedra filosofal de un mundo justo y humanitario", le contesté, por seguirle la broma desde donde él la había dejado. Me replicó: "Exacto. Pero como, personalmente, yo prefiero la tradición de la alquimia china a la helenística, y en justicia me parece que a Cervantes le interesaba también más que la conversión del plomo en oro, dejémoslo en que seguimos buscando el elixir de la vida. Por muchos años, espero", añadió levantándose.

Querida Palmira: Sigo sin saber nada de ti. De alguna forma mis cartas no llegan a tu destino, bien porque no aciertan en la diana de lo que esperas de mí, bien porque anden perdidas en este espacio irreal que aunque me permite consultar los mismos periódicos que tú a tu mismo tiempo, o ver desde una providencial cámara en Insurgentes el mismo cielo contaminado que ahora debes respirar o seguir las huellas de tu trabajo en esos mensajes que encuentro para ti cuando busco una respuesta tuya a los míos, esos mensajes que naturalmente no leo, aunque este medio me permita en fin toda esta falsa proximidad a ti no deja, por lo mismo, de reprocharme la lejanía, la soledad como una enfermedad crónica que yo no sabía que padecía. He intentado decírtelo por teléfono, pero también allí aparece siempre mi propia voz contestándome que ahora mismo no puedo atenderme y que debo dejarme un mensaje si se trata de algo realmente urgente. No has querido cambiar mi voz del contestador que ahora suena ajena y desagradable. No sé si tengo algo realmente urgente que contarte, o que contarme. Me he dado cuenta de mi enfermedad, es todo. Con el señor Finisterre he terminado hablando de la panacea universal, no deja de ser curioso. Él no te conoce ni sabe nada de nosotros, no he querido contarle, pero parece que se cruza en nuestro destino a sabiendas. Como esos pasajes literarios que repiten exactamente pensamientos que ya hemos tenido con anterioridad, y que solemos celebrar como los mejores hallazgos justo porque los creemos nuestros. A veces, me asustan sus aciertos. Hemos hablado también del fin del mundo y, por extraño que ahora parezca contarlo, yo pensaba entonces en un juego. Él me contaba una historia apasionante que pudiera estar explicándolo, y yo, sin dejar de atenderlo, pensaba también en un totoloque infantil contigo y conmigo como únicos contrincantes. Yo jugaba desde el fin del mundo y me quedaban todas las casillas para ir empujando mi teja hasta ti, que estabas en el cielo. Tiraba la teja y fallaba siempre, porque el pedazo de azulejo se salía, o yo pisaba la raya al ir a recogerlo, o estaba tan cansado que apoyaba el otro pie, y todo eso me obligaba a repetir desde el principio, cada vez más cansado. Lo curioso es que, como en esas pesadillas donde suceden dos cosas al mismo tiempo, tú también jugabas a lo mismo, sólo que en un tablero que era el reflejo espejo del mío, y desde tu fin del mundo lanzabas tu teja sin llegar nunca hasta mí, que debería ser tu cielo. Y también estabas perdiendo, y agotando todas las fuerzas.

Esa mañana quiso enseñarme algo especial, un juguete. Yo pensé que se refería a uno de esos objetos simples con una historia detrás, singular y emocionante, uno de esos restos de cualquiera de nuestros pasados que nos acompañan como una certificación de la vulnerabilidad de nuestras prioridades o de nuestras pasiones. Pasa también con los recuerdos. Objetos que más que inanimados tienen el alma prestada de ese pasado, lo que nos permite resucitarlo a conveniencia. Pero esta vez el objeto estaba en uso, no necesitó desempolvarlo para mostrármelo y era, en efecto, un juguete. Una caja de madera con un modelo antiguo de futbolín, con un aro detrás de cada jugador para poder manejarlo. "Lo inventé yo", me dijo con orgullo, midiendo mi sorpresa. Y, por si acaso yo no llegaba a creerle, me enseñó el recorte de una revista. Allí estaba la historia del joven poeta republicano que, con sólo diecisiete años, inventó el futbolín en el Hospital de Sangre de la Colonia Puig de Monserrat, donde pasó toda la guerra recuperándose de un bombardeo en Madrid. Allí decía que para distraer a los niños ingresados, que en los días de lluvia no podían jugar al fútbol en los patios, diseñó una caja con jugadores articulados de madera y una pelota de corcho, una especie de fútbol de mesa al que llamó futbolín. Y el reportaje seguía con las perfecciones del invento, cuando coloreó a los jugadores y les dio mejor talla o la inclusión de muelles laterales en las barras de hierro, eso fue entre Guatemala y Estados Unidos, sus problemas con la mafia y un final en México dedicado a la poesía, despachando en ésta sola línea lo que, para mí, hacía de él una persona verdaderamente importante y el motivo entero de mi viaje y el de todas las investigaciones que habrían de surgir de esos frutos. Quise protestarle esta falta de consideración, pero me paró enseguida: "Conseguí la inmortalidad a los diecisiete años. Ya ve qué broma. Cualquier creador sueña con poder trascender su propia vida, que su obra le sobreviva. Ganarse otra prórroga, otro aplazamiento, como le dije. Yo sé que mi obra me va a sobrevivir. Este pequeño juguete que igual entra en los cuarteles que en las cárceles que en los mejores barrios de todo el mundo, es mi pequeña contribución a la humanidad, la huella de que Alejandro Finisterre estuvo aquí, de que estuve vivo. Y ya estoy mentando mucho la soga en casa del ahorcado, que todavía me queda obra por delante". Estaba de buen humor. El futbolín era de pequeñas dimensiones, tosco, con esa pátina aceitada de los objetos viejos, más terroríficos cuanto más cotidianos. Pensé en los niños muertos de aquel hospital, en los que sobrevivieron a la guerra y a los días lluviosos sin fútbol, en sus hijos, en las generaciones enteras, desaparecidas ya, que habrían jugado con aquellos mismos mandos, todavía engrasados y disponibles. Por la misma inmediatez de ese pasado, no estaba ante un insecto fosilizado en una gota de ámbar, que uno aprecia en su belleza si el cadáver tiene la eternidad suficiente, sino ante una prueba todavía caliente de esas vidas acabadas, cumplidos sus ciclos, ante mi propia vida a la deriva, pensé con espanto, viéndome sobre el acantilado donde acaba la tierra y el mar es bravío y tentador a despeñarse. Qué estoy haciendo con mi vida, pensé.
Entonces él lanzó dentro una bola, que ya no era de corcho sino de un plástico blanco, ni siquiera redonda sino algo así como una superficie lunar con chichones y picaduras de rebotar en las paredes y en los hierros del juego. Sin decírmelo, me invitó a manejar al equipo contrario. Él llevaba la iniciativa, pases medidos de los defensas a la línea de delanteros, un engaño escondiéndose la pelota tras el tronco común de las piernas y, en un segundo, la elección de colocar la bola lejos del portero o de atravesar mi resistencia blanda con un cañonazo fuerte y directo al cajón de la portería, la bola dentro. "Le pedí a un carpintero de Monistrol que diera forma a una de mis ideas, una mezcla de ping-pong y fútbol. En Guatemala, los fabricábamos de Caoba Santamaría, la más fina del mundo", me decía, sin dejar de atender al juego. Yo sólo tenía un único movimiento estratégico: golpear con fuerza la bola hacía adelante. A veces, por la fuerza o por las carambolas que hacía al chocar con cualquier obstáculo, la bola se metía dentro, y puntuaba. Como si aún estuviera en alguno de los billares de la colonia Coyoacán donde nací, o en los de San Ángel de mi adolescencia sin novias, celebraba cada gol como una afirmación de mi pericia y no fruto del azar. Una celebración que si no fue más ruidosa ni se acompañó de ese cierto envalentonamiento que el juego también provoca, como un efecto secundario, es porque, a pesar de mis andanadas contra las paredes de la reliquia, seguía perdiendo claramente, y no era cosa de dejarse también la dignidad en el trance. Él no se mostraba dispuesto a conciliar un empate, en absoluto. Si veía un hueco, por allí que iba la pelota: "No siempre se acierta. En aquél hospital inventé, además, un aparato para pasar las hojas de las partituras de piano. Un fracaso. Funcionaba perfectamente, no crea, pero se ve que no debía arreglarle la vida a nadie";. Y, entonces, sin apartar la vista de los jugadores, salté al cielo: "Hoy he recibido carta de mi mujer. ¿Le había hablado de ella?".

Publicado en "Foto en la Luna" (Ed. Algaida-FMC Cádiz, 2003)


  

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