Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Esta presentación tiene algo de especial, después de que este mismo libro se haya presentado en Cádiz, Sevilla, Granada y Madrid, lugares donde se ha hablado de este pueblo, Zahara de la Sierra, bien presente en estos poemas. Mi agradecimiento es doble, pues me permite participar en algo tan mágico como el reencuentro de un libro con las gentes (y ya explicaré que no sólo los paisajes) que lo han hecho posible, que es tanto como poder ver el libro desde dentro, y porque también yo mismo, como José Manuel, nos sentimos parte de este pueblo, aunque sólo sea como esa figura casi siempre exótica que es el veraneante. Después de cuatro años viniendo a Zahara, en el caso de José Manuel, o de sólo dos en el mío, es un placer cruzar esa frontera de anonimato y bermudas, que es el uniforme de los turistas, y estar aquí participando en un acto cultural en Zahara con el nombre de cada uno. Porque el turista aspira a que lo dejen en paz, mientras que el que vuelve cada año aspira a dejar amigos y a que lo echen de menos.
En uno de sus artículos semanales en prensa, Benítez Ariza se quejaba de que ya no quedan paraísos, lugares donde calmar al demonio que llevamos dentro. Y mencionaba allí las muchas incomodidades que el paraíso suele suponer para sus propios habitantes, de modo que a lo que terminamos aspirando es a un mundo mejor, o al menos donde cada uno esté mejor. Ya adelanto que la Zahara que protagoniza este Cuaderno de Zahara no es un paraíso, sino algo más importante, que tiene que ver con un estado de ánimo, con el conocimiento propio, con la aceptación propia. De modo que, a partir de ahora, además de los visitantes correspondientes, el pueblo de Zahara recibirá también la visita de la imaginación de los lectores de este libro, la de aquellos que la adopten como un remanso que les tranquilice en sus pequeños mundos perdidos.
Pero antes que del libro debo hablar de su autor. Y permítanme que haga un recorrido más sentimental que bibliográfico, porque al cabo, los escritores podrán ser grandes por su calidad pero se nos hacen imprescindibles en la medida en que se nos introducen en la vida. Esta es la segunda presentación que le hago. En la primera, injusto y con ocho años menos, lo comparaba con un ejecutivo de Baby Jhonsons, la colonia para niños, porque esa era mi medida de alguien de aspecto pulcro y las entrañas muy oscuras, que en la escala de los depredadores no llegaría al consejero delegado pero tampoco era un lindo gatito. Conozco a escritores más agresivos que él, pero ninguno tan escritor como él. Tenía, ya entonces, un punto de ironía oscura en lo que escribía que chocaba con su aspecto impecable, tan británico hasta en eso. Lo conocí cuando uno de sus poemas se hizo célebre en el viejo Colegio Universitario de Cádiz. Porque Benítez Ariza empezó haciendo poemas singulares, de los que recitábamos como grandes éxitos. Ahora lo singular, y lo reseño como síntoma de crecimiento, es que es capaz de encajar todas las piezas en libro, sin que le sobre un poema o un personaje a su obra. Este mismo verano, aquí en Zahara, bromeaba sobre su tendencia natural al desorden que, dice, corrige con grandes dosis de orden disciplinado. No estoy conforme con quien describe su poesía como contenida porque, hasta los pantanos, que domesticaron las crecidas necesitan una salida, aliviarse de agua para que la presa no reviente. De aquél tiempo serán el cuaderno Expreso (que yo recomiendo repasar porque ya allí está el tratamiento del paisaje como un estado interior), o su primer libro, Las amigas, que fue para nuestra generación como una pequeña bandera. En el siguiente, Cuento de invierno, ya lo vimos camino del éxito, enfundándose aquel maillot amarillo que señalaba lo que iba a ser, con los años, la primera línea de la poesía española. Siguiendo con el símil ciclista, Benítez Ariza nos mostró su capacidad de buen rodador alejándose del cómodo círculo gaditano para escapar en solitario por otras carreteras más difíciles. En estos años ha demostrado que es un buen escalador de esa dificultad montañosa que es el relato, con libros como La sonrisa del diablo y El hombre del velador, porque hay que tener buen ritmo para ir siempre subiendo el clímax del relato y el corazón en calma para no cebarse. Ha practicado el artículo (los de cine recogidos ya en dos libros, La vida imaginaria y Me enamoré de Kim Novak), que el artículo requiere el talento del sprinter, una llegada rápida y explosiva que impacte al público. La novela, en cambio, premia la regularidad. El saber manejar los tiempos, pelear las metas volantes de su interior, puntuar en todos los terrenos: las escaladas de emoción, los grandes llanos narrativos, el juego con los personajes gregarios, la buena llegada a meta. Así son las dos novelas de Benítez Ariza, donde él ha capitaneado lo mismo a un equipo de jóvenes promesas, como los estudiantes que fuimos, en La raya de tiza; o a un grupo de adultos que, como todos los adultos, siguen buscando un tesoro, incomunicados como islas y frágiles como muñecos de barro, en su otra novela, Las islas pensativas. Y la poesía, en fin, es una prueba contrarreloj, donde uno corre solo contra el tiempo. Ese tiempo que va desde sus Malos pensamientos a Los extraños, donde nos reencontramos con el poeta maduro que sabía dosificar sus fuerzas contra el crono pero, más importante que eso, descubrimos que José Manuel (para mí había dejado ya de ser Benítez Ariza) padecía de síntomas parecidos a los nuestros ante el paso de media vida. Y que estábamos en el mismo sitio, con una nostalgia hacia atrás que tampoco era tan exagerada y una esperanza tampoco desbordante hacia lo que tenía que venir, aliviada, eso sí, por esas hijas sin hermanos que barajan lo mejor de los rasgos de familia. El poeta, como el contrarrelojista, sabe que el tiempo puede derrotarle. Y por eso, cuando viene a pasar el verano a Zahara, al valle de Bocaleones, toma un cuaderno y trata de fijar para siempre el chillido de los pájaros, el color de los álamos, la paz del río.
Cuaderno de Zahara describe dos ciclos cerrados: uno es estacional (que el autor reduce a dos únicas estaciones, el invierno y el verano, como también son dos la noche y el día polar); el otro ciclo es vital, el que va del ensimismamiento al reconocimiento y celebración del exterior. Es también el relato de un viaje a un lugar mágico (que no a un paraíso) y que, como todo lo mágico, está escondido y hay que encontrarlo. Bien en la habitación cerrada donde se cumple el deseo (hueso dentro del fruto, semilla dentro del hueso, dirá), bien en el remanso escondido del río, bien en el laberinto del cañaveral. Sitios todos con la forma mítica de la cueva protectora. Donde sucede lo mágico de que lo exterior, entendido como lo ajeno, no nos destruya. Y sobraría quizás recordar la cueva del útero materno, de total protección; o la de la madre Tierra, a la que canta en su manifestación más externa, la Naturaleza. El ciclo vital termina, como el libro, en un cementerio. Pero ese no será el final del viaje propuesto a la cueva mágica.
El libro tiene tres partes, y yo recomiendo que se siga ese orden para leerlo porque así es como encajan todas las piezas de este puzzle. En la primera, el ensimismamiento, se presenta al poeta en invierno. Es decir, un tiempo de insomnio, de soledad llena de voces, de fantasmas invisibles de puro familiares, de la vida como una extraña pesadilla. Las citas son textuales y describen un infierno sin llamas en el que hasta del verano por venir se habla con miedo. En la segunda, Tiempo y lecturas, seguimos en invierno pero aquí al menos tenemos los libros y las fantasías con las que construir realidades más llevaderas. Aquí la nostalgia, que tanto peso tenía en la primera parte, ya no es del propio tiempo pasado sino del que queda por vivir, o incluso del que no viviremos nunca. Y eso permite echar de menos tiempos que ni siquiera son nuestros: el que no vivió Lorca para esos libros que no pudo escribir, los mundos que se imaginó Verne o incluso usar la Máquina del Tiempo de Wells para visitar el pasado y, aunque no lo diga, poder curiosear en el futuro. Nostalgias así no reproducen nuestras viejas angustias sino que son un escape, un desahogo. Así que, en invierno, o se sufre o te conviertes en un espectador. Como aquella vieja canción de Serrat: “Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve”. Nada más.
En la tercera parte, el Cuaderno de Zahara, se sale al exterior, y todo se ventila. Desde el primer poema, donde una excursión es en realidad la exploración del territorio nuevo, se vuelve al orden armonioso. Ese orden está ahí desde el principio. Hay una fascinación por el lenguaje local, que es como este paisaje se puebla de sus habitantes (algunos amigos ya, alguno presente en esta misma sala), de modo que el poeta que no se atreve ahora a hablar de pájaros y flores no es ya un silencioso doliente ensimismado sino alguien gozoso que aprende de lo que mira, con expectación. Y el que alaba la “vida simple y clara, bajo un cielo de cuento”, no añora ahora los cielos fantásticos de los libros de cuentos (de Lewis o de Tolkien), sino que vive, nada menos y en presente, un cielo real. Naturalmente arrastra sus fantasmas (pensamientos poco limpios, las exigencias del amor) pero, hasta para ellos, dispone de conjuros: rendirse al río en las crecidas, los álamos, el mismo río. Y vuelve aquí la palabra mágica y el lugar mágico, cerrado siempre, donde se pronuncian. Y si el peor enemigo, ya lo dije, es el tiempo, descubre que hay un lugar secreto donde el tiempo no corre, un remanso oculto del río Bocaleones donde Heráclito equivocó su axioma: porque no es cierto que uno no pueda bañarse nunca en las aguas del mismo río, sino que aquí el río es siempre el mismo, verdad a la que hace años que ya llegó cualquiera de nuestros amigos de las huertas del Bocaleones. Aquí el presente soñado es real, es eterno, es persistente. El tiempo está afuera. Como dice, el tiempo es el camino polvoriento.
Al final el invierno vuelve, por supuesto. Pero como en una de esas películas de carretera, todos somos ya distintos. Y porque José Manuel así lo ha querido, convirtiendo a sus lectores en personajes de estos poemas, además de distintos somos mejores que antes. Uno de los posibles finales de este libro, pero no el único, es ese consejo suyo con el que lo cierra: “que el frío te despierte y te anime a seguir la jornada”. Con ustedes, un libro muy hermoso, Cuaderno de Zahara.

Presentación de "Cuaderno de Zahara" (Pretextos) en Zahara de la Sierra en el 2002


  

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