Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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ELEMENTAL, QUERIDO CHAPLIN de Rafael Marín

"Elemental, querido Chaplin", Rafael Marín, Minotauro, Barcelona, 2005

Si algo llama la atención desde el principio es el impresionante juego de metaliteratura que propone este libro. Antes se podría llamar así pero ahora la etiqueta más exacta es la de Ucronía: desarrollar un hecho histórico que en realidad no existió con el mismo rigor de una novela histórica. Ya lo había hecho antes en un cuento en el que Franco se ve a sí mismo en un espejo, pero el otro Franco que ve es un viejo miserable que no ganó la guerra, con lo que toda nuestra Historia hubiese sido otra, menos en lo del viejo miserable. Ucronía metaliteraria es la que hace cuando introduce a cierto niño de ocho años, Fara, hijo de Antonio y de María, y que por desgracia es real como la vida misma, en su biografía seriada sobre el antiguo boxeador Torre, que todos ustedes conocerán, al menos de vista, y que la crítica cretina de fuera de Cádiz cree que es un personaje inventado por el propio Marín. En un mundo donde se cree que la imaginación es una virtud, eso sí considerada inútil, como todas las virtudes por otra parte, confesar que lo que un escritor hace es copiar personas que conoce es como rebajar el mérito que tiene. Lo cual es una grandísima injusticia porque la realidad es muy difícil de copiar, a pesar de los móviles con cámara incluida, que te vuelcan la realidad al ordenador pero luego tienes que darle tú la forma y hacer que hablen.
Algo de eso ha hecho Rafael Marín con este “Elemental, querido Chaplin”. Una bárbara broma sobre la realidad. Una perfecta tomadura de pelo. Porque ya les advierto que, desde el primer momento, nos está engañando: nos dice en la contraportada (a la que, por cierto, recomiendo no leer porque destripa demasiado) que Sherlock Holmes en realidad existió y que Charles Chaplin da fe de ello en un manuscrito. Poner en duda la existencia de Sherlock Holmes es un sinsentido porque, como cualquiera de ustedes sabe, realmente existió, un hecho del que no duda nadie; pero la broma consiste en hacerles creer que quien existió también fue Charles Chaplin, asunto ya suficientemente desmentido desde la esclarecedora obra de Ormond Sacker, “Charlot, el manipulador”. Que éste sea, precisamente, el disfraz que en determinado momento toma el Chaplin de esta trascripción del manuscrito que, en otra broma, esta vez un pelín prepotente, firma como autor quien sólo es su traductor, o sea Rafael Marín, nos confirma que conoce a la perfección el montaje. Yo lo desenmascararé aquí, porque creo que es función del reseñista dejar las cosas claras al público, aunque eso me suponga cierta antipatía de quien se supone que espera de mí sólo adulación y alabanzas a la obra. O a su obra, porque vamos a conceder que esta obra es de Rafael Marín pues quien traduce termina poniendo lo que le viene en gana y es justo que se le atribuya ese mérito.
Pero utilizaré como método una cita del propio Sherlock: “Cuando se ha excluido lo imposible, lo que resta, por imposible que parezca es la verdad”. Esta es la verdad:
Está suficientemente documentado que William Sherlock Scout Holmes, hijo de Siger Holmes y Violet Sherrinford, nació un viernes 6 de enero de 1854 en la hacienda Mycroft, en el North Riding de Yorkshire. Se conocen los vaivenes de su familia por Burdeos, Pau, Montpellier; su regreso a Inglaterra en junio de 1860. Se conocen sus estudios en el Christ Church College, de Oxford, y en el Caius College de Cambridge. Y en qué momento comenzó a trabajar como detective consultor en unas habitaciones alquiladas en Montague Street, en julio de 1877, mucho antes de ocupar su célebre estudio de Baker Street, etc, etc. Se sabe en qué momento preciso conoció al doctor John Hamish Watson, su biógrafo, y cómo éste consiguió publicar las meticulosas notas que tomaba de cada caso investigado gracias a su turbio agente literario, el escritor de novelas históricas y espiritista Arthur Conan Doyle, quien intentó incluso atribuirse la autoría de esos informes parapoliciales de Watson, un feo asunto que terminó en la Corte británica con un sonado juicio que supuso el descrédito público del agente que, no obstante, llegó a Sir años más tarde por otros servicios no confesados a la Corona. Se sabe el duelo nacional que supuso la falsa noticia de su muerte, despeñado por unas cataratas en Suiza. Cómo millares de hombres pasearon brazaletes de luto por Londres y cómo la propia familia real británica expresó su pesar públicamente, al tiempo que se cancelaron 20.000 suscripciones a la revista Strand donde aparecían sus historias reales. Se sabe, en fin, que Sherlock Holmes, murió en su casa de Baker Street el domingo 6 de enero de 1957, justo el día que cumplía 103 longevos años. ¿Qué pretende Rafael Marín haciéndonos dudar de su existencia?
En cambio del falso Charles Chaplin se conocen, naturalmente, muchos menos datos. Como corresponde a un personaje inventado para dar apariencia de realidad a una creación de Mack Sennet para su compañía de actores de cine mudo, la Keystone. A él debemos la invención del vagabundo socarrón y buscavidas de Charlot. Como bien explica Ormond Sacker en su ya citado “Charlot, el manipulador”, el personaje fue utilizado indistintamente por las fuerzas de la acción y de la reacción americana, siempre en su provecho. Hasta el punto de que, en 1919, la liga de bribones que fundó la United Artits incluyó a un inexistente Chaplin entre sus socios para así defraudar mejor al fisco. O cuenta cómo las poderosas ligas puritanas, en connivencia con la mediocre actriz Lita Grey, que decía ser su mujer, se inventaron un Chaplin depravado al que le gustaban las niñas, para así implantar una poderosa represión sexual entre las incautas capas de población de la América profunda, represión que aún dura hoy en día. En respuesta, el poderoso lobby judío utilizó a otro actor, maquillado como el supuesto Chaplin, para producir el célebre panfleto “El gran dictador” que terminó de convencer a las masas de la necesidad de intervenir en la guerra europea. Este ejemplo fue seguido por los abolicionistas para resucitar a su propio Chaplin, en “Monsieur Verdoux”, cinta demasiado intelectual y que no cumplió sus objetivos, razón por la que aún existe la pena de muerte en los Estados Unidos. Hay otras manipulaciones, pero no quiero cansarles demasiado con evidencias: la recuperación del monstruo violaniñas, naturalmente comunista también, por el senador McCarthy; el lavado de conciencia de Hollywood con el falso Oscar a la totalidad de su obra, o el ridículo de la soberana inglesa nombrando Sir a un personaje de ficción, hecho que no mereció más comentario dentro del general ridículo en el que parece especializarse la monarquía inglesa. Sólo el gran Richard Attenborough se permitió reírse del gran fraude de Chaplin haciendo su propia película sobre cómo se puede inventar una biografía, dándole además el papel, esta vez reconociendo que era un actor el que hacía de Chaplin, a ese borrachín de Robert Downey Jr, que si fue capaz de hacer de Chaplin nos demostraba a todos que cualquiera había podido hacerlo antes.
Esta es la realidad, y ya acabo. Descubierta la broma de este libro, “Elemental, querido Chaplin”, quedan otras ocultas que no voy a desvelarles. Si al personaje histórico que fue Sherlock Holmes se le puede reprochar que creyera que el mundo funciona siempre con unas reglas muy estrictas, donde cada cosa ocurre por una razón, y donde no hay sitio para el azar y la casualidad, al traductor Rafael Marín no podrán hacerle ustedes ese reproche, porque él parece creer en una realidad llena de agujeros por donde lo imposible se nos cuela continuamente haciéndonos dudar de que las cosas sean, como decía Sherlock, realmente elementales.


  

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