Los Peligros
Artículos, relatos, quejas, comentarios y advertencias, no necesariamente moralizantes, del escritor Manuel Ruiz Torres.

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SOBRE ALITERADAS ALAS de Antonio Anasagasti

"Sobre aliteradas alas", Antonio Anasagasti Valderrama, Niebla (Col. de poesía, núm. 13), Madrid, 1999

Suele acogerse con sana precaución, casi siempre justificada, el primer libro de cualquier autor nuevo. Por poca experiencia que se tenga como lector cualquiera sabe que los primeros pasos suelen desembocar en caída y que algo tan simple, que para un niño serviría de aprendizaje, no siempre se endereza en literatura. Un buen autor no debe olvidar nunca que está aprendiendo. Ese mismo espíritu de modestia, entendida como la actitud de quien no deja de tener los sentidos abiertos al mundo, del que todavía nos queda todo, o casi todo, por descubrir, es la de este magnífico primer libro de poemas de Antonio Anasagasti, Sobre aliteradas alas, recién publicado en la madrileña colección "Niebla". Hay que advertir antes que nada que un primer libro publicado no quiere decir primer libro escrito. Antes de este poemario su autor ha debido engordar cajones y su propia biografía con otros libros que, con independencia de que alguna vez se conozcan, sí han servido para que éste, su primer batir de alas, nos llegue con una madurez impropia de una primera obra. Y como el autor conoce su propia madurez que nadie espere tampoco esos habituales fuegos de artificio con que algunos pretenden confundir brillantez con brillo o desparpajo con desvergüenza. Anasagasti elabora una sintonía sin grandes sobresaltos donde los hallazgos poéticos, las precisas imágenes, son como subrayados musicales que no pretenden hacer olvidar que lo importante es el conjunto, la elaboración de una poética propia que, ya se verá, tiene mucho de manifiesto social, de celebración de la libertad del espíritu humano.
Anasagasti comenzó su andadura poética hace veinte años en el colectivo Jaramago, nombre mítico de la contracultura gaditana que, curiosamente, y una vez asentados por la edad y oficios respetables, ha dado escritores tan poco contraculturales como Juan José Téllez o Rafael Marín. Y a los que, a partir de ahora, hay que añadir el propio Antonio Anasagasti, secretario general de la Asamblea Amistosa Literaria e incluido en el libro Aldea Poética junto a autores de treinta países. Es decir, una decidida vocación por la cultura, sin prefijo alguno que la limite.
Sobre aliteradas alas es un libro que se abre y cierra con referencias a dos importantes poetas ingleses, como poniéndose bajo la advocación de ambos: John Milton y John Keats. El primero, que dedicó su prosa a la defensa de las libertades civiles, escribió en su gran obra, Paraíso Perdido, una justificación del comportamiento de Dios hacia los hombres, intentando obtener una respuesta. De Keats, gran nombre del romanticismo, a Anasagasti le debe interesar, probablemente, su defensa de la naturaleza eterna de los ideales frente a la fugacidad del mundo físico. Porque si tuviésemos que clasificar de alguna manera la poesía de Anasagasti sólo le valdría la etiqueta de romántica. Naturalmente no en su acepción vulgar sino literaria. El romanticismo con su significado original de la Inglaterra del siglo XVII, como semejante a romance, aunque entonces se empleara en un sentido peyorativo que hicieron cambiar, precisamente y entre otros, los mismos poetas que el autor quiere que tutelen su primer libro. Un romanticismo que tiene otro precedente en Rousseau, quien confesaba “sentir antes de pensar”.
En la poesía de Anasagasti hay las mismas tendencias de Goethe. A veces, una violenta exaltación y perturbación del ánimo: “ni aún pidiéndote perdón/por un dolor que desconozco,/ eres incapaz de intimar/ y abandonar tu actitud/ de frunciente fiera”. A veces es melancolía, como intuición de un cambio inminente: “vendrá volando /el verano como un verdugo/ cortando las cabezas/ de las fatigadas flores”. En otras, en fin, aparecerá el hastío del mundo y su vocación de autodestrucción: “vas tragando tramos, /arrojando ropas usadas/ en valijas que se vacían, / desviando de los días/ su dirección de dolor”. Una poesía que, como en toda la romántica, tiene una importancia fundamental el paisaje, porque la “acción”, sólo aparentemente, se encuentra en el exterior. Aquí se sustituyen las praderas galesas o el Rhin de Hölderlin por escenarios urbanos (caos circulatorio, mendigos que duermen en cartones, grúas), sin dejar de hablar de los sufridos habitantes del hormiguero en el mismo tono que el poema "El Preludio", de otro romántico, Wordsworth, donde alude a “las sofocantes y atestadas guaridas urbanas donde el corazón humano enferma”. El paisaje que se convierte en personaje y no en mero decorado.
Anasagasti reconoce también la influencia inglesa no sólo en los temas que elige sino en la musicalidad con que los trata. Ya el mismo título, Sobre aliteradas alas, es una reivindicación de la aliteración como recurso poético. El sonido repetido se llama aliterado. Así que, desde el título, oímos el sonido de las alas, un batir de alas, que a fuerza de repetirse permite a los pájaros levantar el vuelo. Todo el libro se hilvana con esa música sin caer por ello en un soniquete fácil ni en vacuidad alguna. Las imágenes suenan bien en nuestros oídos sin dejar de llegar, como el trueno unos segundos después del rayo, a lo más íntimo del entendimiento. Valgan dos ejemplos. En uno de los poema de amor del libro habla de una “persecución” (así se titula) “al ras de tu rastro”. Ese “ras”, que es ponerse en igualdad con la altura de las cosas, cuando se enrasa con el rastro (si se me permite también a mí jugar con el recurso), es decir, se pone a la altura del suelo, donde leemos las pistas que la perseguida ha ido dejando, evoca figurativamente a alguien tumbado, tirado, sometido en un sentido amoroso a quien persigue. Una hermosa imagen en absoluto gratuita. Y otro ejemplo más entre los muchos momentos impactantes del libro: “efervescentemente envejece”, referido aquí a un mendigo. La efervescencia como propiedad física que, trasladada a un estado de ánimo, comunica las sensaciones de agitación, de excitación, de inquietud de quien protagoniza el poema, de quien envejece en un mundo miserable. Una efervescencia que, según María Moliner, se emplea también en sentido figurado como descontento o rebeldía, ensanchándose así las posibilidades de evocación del poema. Con la misma sutileza, Anasagasti construye su manifiesto, que creo social aunque el autor reivindique una liberación individual, una salvación posible, uno a uno, siguiendo, de nuevo, lo que Rousseau llamaba “la celebración del hombre corriente”. Cuando uno eleva el vuelo se engrandece el horizonte: “como si celebrara la copa/ de un triunfo tangible,/ en una competición continua/ donde eliminemos las elevadas/ hierbas hirientes/ que tapan la ternura".
Era en esa hermosísima película de Capra, Qué bello es vivir, donde los ángeles se debían ganar sus alas, aquí en la Tierra. Cuando alguno lo conseguía sonaban campanas. Con el mismo empeño hay algunos poetas, como Anasagasti, que pretenden conseguir las suyas. A veces se oyen batir alas, lo que es un buen síntoma de que algunos ya se las ganaron. Un aleteo es un sonido débil, casi imperceptible en medio de todos los demás ruidos de la vida. Por eso hay que estar siempre muy atentos, no descuidarse.


  

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